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La crisis está en otra parte

8 Feb

Los mitos, como los lugares comunes, tienen vida eterna. No importa cuánto tiempo pase ni cuántas evidencias los desmientan o aclaren, siguen influyendo sobre cómo la mayoría se relaciona con la realidad. A pesar de que Walter Raleigh fue el último (1617) de sus célebres perseguidores, el mito de El Dorado sigue formando parte de la visión que se tiene de América Latina.
Aunque la idea de una ciudad dorada resulte hoy día ridícula, para muchos América Latina es una región de vastas riquezas en la que el futuro está por construirse y que, a diferencia de la vetusta Europa, se encuentra al margen de los problemas que agobian a las envejecidas sociedades occidentales.
Así, cuando en España la industria editorial parece haber tocado fondo –las ventas de ejemplares disminuyen, las librerías cierran, las bibliotecas tienen presupuesto cero y la descarga de libros electrónicos no despega–, todavía queda la América dorada para seguir soñando que un mundo de grandes tiradas, jugosos adelantos y ventas de un millón de ejemplares son posibles. Y es que con los cambios experimentados por la economía mundial el mito de El Dorado sufrió una pequeña variación dejando de hacer referencia a la búsqueda de un lugar pletórico del recurso más apreciado de todos para hablar del arribo a un mercado inexplorado y en continua expansión.
En cualquiera de las dos versiones del mito, se mantiene intacta la idea, el anhelo, de un lugar en el que reside la utopía, el tiempo del sueño, la tierra de nunca jamás, donde todo es posible, hasta que se pruebe lo contrario. A los editores europeos, grandes y chicos, América Latina les permite seguir pensado que sus prácticas no deben cambiar, que tan solo hay que enfocarse en un nuevo mercado, como si el problema fuera solo económico –¿se les olvidó que América ha vivido en crisis desde siempre?– y no, por desgracia, multifactorial.
Pensar que el buen momento económico de cualquier país o región se traduce literalmente en un buen momento para la cultura, es estar convencido de que las personas no consumen cultura por falta de dinero. Lamentablemente, economía y cultura no se llevan bien, y más dinero no hace más ávidos de cultura a sus ciudadanos; lo único que ocurre cuando se tiene más dinero a disposición para gastar es que se puede escoger entre más opciones para gastarlo, que no necesariamente pasan por los libros y las entradas al teatro.

Mitificación del mercado
La mitificación de América Latina como mercado siempre disponible es lo que probablemente explique por qué solo es noticia cuando una librería cierra en España y no en América Latina. Acá no solo también cierran librerías –quedando cada vez menos– sino que tampoco hay presupuesto suficiente para las bibliotecas públicas –donde las haya–; las grandes cadenas y los hipermercados hace tiempo que venden libros como en Europa y, por si no fuera suficiente, la diversidad solo está en el Amazonas, pues cerca del 80 por ciento de los títulos disponibles son importados, desde España, y pertenece a los grandes grupos editoriales. Además, por si quedara alguna duda, las editoriales de acá no exhiben un comportamiento muy distinto a las de allá: todavía es reciente el abandono del Grupo Norma de su catálogo de literatura. 
Pero los europeos no son los únicos que participan de la mitificación de la región, los americanos, como si no nos tomáramos en serio nuestras crisis, no entendiéramos los que nos pasa o, frívolos, estuviéramos siempre dispuestos a complacer al otro, estamos contentos de asentir cuando se afirma que el presente de la industria editorial en español depende de nosotros y miramos para otro lado para no ver nuestra realidad.

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Los libros digitales son (por ahora) solo una idea

23 Jul

Los libros digitales son solo una idea para la mayoría de los ciudadanos del mundo comenta Edward Nawotka, editor en jefe en Publisher Perspective, en un  artículo publicado recientemente. Y su afirmación no tiene nada que ver con los tópicos que exaltan las cualidades sensoriales del papel por encima de las de la pantalla de cristal o de plástico de un dispositivo de lectura. 
Con puro sentido común, este experto en la industria editorial internacional señala que para los ciudadanos de los países en vías de desarrollo los libros digitales son una realidad muy lejana por la sencilla razón de que no cuentan con los recursos necesarios para acceder a ellos. Para que alguien puede obtener un libro digital hace falta que tenga suficiente dinero, además de tarjeta de crédito y conexión a Internet. Por no mencionar que también necesita contar con la formación suficiente para que aprecie y maneje el libro. 

La situación en Latinoamérica
Más allá de los planes o programas desarrollados por distintos gobiernos de la región para facilitar el acceso a la tecnología, la realidad es que el porcentaje de usuarios de Internet en los países latinoamericanos no es alto.
Uruguay, con 47,87% es el país con el mayor número de usuarios de Internet en relación con el tamaño de su población, alrededor de 3,5 millones. Luego, se encuentra Chile con 45%, después Brasil con 40,65%, Colombia con 36,5% y Argentina con 36%. Si cruzamos estos porcentajes con los de lectura, difícilmente tengamos un panorama auspicioso para el desarrollo del mercado de los libros digitales. Quizás en el caso de Brasil, cuya población es de alrededor de 196 millones de habitantes, el mercado potencial de lectores de libros digitales pueda hacer que más de uno se emocione con razón.  

¿Qué pueden estar indicando estos datos a los editores?
Algo elemental, que a pesar de que el libro digital representa una alternativa a la supuestamente obsoleta y agonizante industrial del libro en papel, la sustitución o el cambio de paradigma aún no se ha producido, por lo menos no en Latinoamérica, y que falta mucho tiempo y que se den ciertas condiciones para que esto ocurra. 
Es decir, más allá de incursionar en la publicación de libros digitales, según sus posibilidades, los editores latinoamericanos deberán seguir publicando libros en papel por un largo tiempo.