Selección y reseña de libros

28 Ene

Recientemente un par de artículos pusieron en entredicho la calidad de la selección realizada por las famosas listas que reúnen “los mejores libros del año”. No sin razón, los autores de estos textos se preguntaban por los libros que leían los que recomendaban libros, por cómo se podía entender la presencia de los mismos autores, títulos y editoriales en distintas listas de diferentes medios de comunicación (y hasta en diversos idiomas), y el valor que podrían tener unas recomendaciones que, en el mejor de los casos, no parecen ir más allá del gusto del que las elabora y, en el peor, “tienden a actuar como simples amplificadores de las consignas del mercado, del gusto dominante, de las reputaciones ya consagradas, perpetuando la obviedad”.
Ahora bien, para ir un poco más allá en la reflexión acerca del sentido de las listas de los “mejores”, las recomendaciones y reseñas, cabría preguntarse si ese mecanismo, el de separar la paja del grano, no es, sencillamente, una estrategia del mercado que sirve sobre todo al mercado. Es decir, más allá de poner en práctica un criterio profesional, que no siga las modas, ni se alíe con los poderosos, ni pretenda imponer el gusto del mediador, una selección siempre deja fuera más libros de calidad de los que incluye y se encuentra influida por las dinámicas del mercado.

Sobre novedades y disponibilidad de los libros
Para que un título sea reseñado o figure en la lista de los mejores, uno de los elementos que se toma en cuenta es su año de publicación. Parece lógico que se reseñen las novedades y los libros publicados en el año en curso, pues esto sirve para orientar a los lectores ante una oferta enorme y contribuye con la venta de dichos títulos; la novedad es un valor en sí mismo. Sin embargo, esto tiende a excluir una cantidad de títulos que, por cuestiones de producción, son publicados en los últimos del año. Si un libro es publicado entre noviembre y diciembre de 2013, ¿tiene oportunidad de ser reseñado o formar parte de la lista de los mejores de ese año? De no ser así, tras la paralización que sobreviene al comienzo de todo nuevo año, ¿podría ser reseñado en 2014? Posiblemente, no. Así que la novedad que se publica hacia el final del año queda en un punto ciego sumándose a los libros que, publicados en años anteriores, dejaron de reseñarse por diferentes razones; no ser novedad es un defecto tremendo.
A propósito de esto, recuerdo que en 2012 le propuse a una revista online, que solicita reseñas de libros, reseñar Tierras de poniente, de J. M Coetzee, un libro que acababa de leer. Tomando en cuenta que se trataba de una reimpresión del 2010 no me pareció tan mala idea, pero a los de la revista sí, pues estaban interesados en un título de publicación más reciente. Libros que no recibieron mayor atención cuando eran novedad quedan condenados a no ser reseñados nunca más, ya que su momento ya pasó.     

Disponibilidad y acceso
Otro elemento que influye en la selección o recomendación de un título es su disponibilidad en el mercado. ¿Tiene sentido recomendar un libro que, no importa cuánto se busque, no se va a conseguir? Puede que se diga que la reseña impulsará la demanda y de este modo se hará evidente que el libro debe estar disponible. Pero para que esto funcione, la demanda tiene que ser realmente alta como para que un distribuidor o un librero se tomen el trabajo de poner a la venta un título que no habrían considerado ofrecer a su público. Por supuesto que esto hace que se tienda a privilegiar lo que se consigue sin que importe tanto su calidad, pero, después de todo, se trata de poder comprar el libro.
El acceso de los mediadores a los títulos que deberían conocer para, posteriormente, decidir qué reseñar o recomendar también configura la lista de los seleccionados. Si bien es cierto que los encargados de evaluar la oferta deberían estar dispuestos a adquirir todo lo que está disponible, también es cierto que esto puede llegar a ser imposible por razones financieras. De allí que la opción más utilizada sea la de reseñar aquellos libros que se reciben de parte de las editoriales. Es verdad, es una actitud cómoda, pero deja en mano de los editores la responsabilidad de que el libro llegue a manos del mediador.  

¿Quién lee la lista de los mejores?
Se parte del supuesto de que la orientación que ofrecen las listas de los mejores y las reseñas influyen en la venta y la lectura de los libros, pero alguien se ha preguntado quiénes y cuántos son los que realmente leen estas recomendaciones y se guían por ellas para adquirir libros.
En varias oportunidades se ha dicho que uno de los factores que más influye en la decisión de compra de un libro es la recomendación hecha por un amigo. Además, se toma en cuenta si se conoce al autor y el interés que se tiene por su obra, y, a pesar de la obviedad, la información que ofrece la contratapa del libro.
Entonces, ¿cabría pensar que en gran medida las listas de los mejores libros del año al igual que las reseñas no van dirigidas a otro público que no sean los mismos mediadores, los autores y los encargados de prensa de las editoriales?
Quizás las reseñas y las listas de los mejores solo sirvan para dar una apariencia de orden y concierto en medio de un exceso de información, y solo ayuden a propiciar un encuentro fortuito entre un libro y su lector.

Los lectores en jaque

17 Ene

En “Las bibliotecas en jaque”, nota publicada por el diario El País (Uruguay) se da cuenta de la notoria disminución de los usuarios de las bibliotecas públicas del país. Según estadísticas del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, la Biblioteca Nacional habría pasado de recibir 26.179 usuarios en 2009 a recibir 5.940 en los primeros ocho meses de 2012. Asimismo, solo el 18% de los ciudadanos habría asistido a una biblioteca pública el año pasado –la cifra realmente es que 82% de los ciudadanos no frecuentó una biblioteca en 2012–.
A pesar de lo tentador que es caer en el tremendismo y sumarse al corro de los que cantan las peores desgracias de la sociedad, he de decirlo, la nota, como muchas que se publican en la prensa, simplifica y trivializa el problema que aborda. Da la impresión de que la disminución constante de usuarios de las bibliotecas, uruguayas y mundiales –el periodista afirma que “En Europa, el 80% de la población no asiste a estos centros. En Latinoamérica, se estima que solo concurre un tercio de sus habitantes, en su mayoría universitarios.”–, tiene que ver con que estos establecimientos han quedado obsoletos con sus libros en papel y su exigencia implícita de “aquí se viene a leer”. Se supone que las bibliotecas ya no ofrecerían a los “lectores” lo que estos necesitan por lo que tendrían que adaptarse a las demandas actuales del público incorporando más y mejor tecnología. Según esta visión, las bibliotecas, tal como las conocemos, difícilmente pueden hacer frente a la dura competencia de Internet, pues esta, una versión mejorada de la antigua biblioteca de Alejandría, sería la biblioteca de bibliotecas, el repositorio de todo el conocimiento humano al alcance de un clic.    
También se puede presumir, por lo dicho en la nota, que si las bibliotecas emplearan parte de sus magros recursos para instalar más computadoras y, mejor aún, adquirir lectores de libros electrónicos para prestar a sus visitantes, entonces, cabría esperar que los usuarios aumentaran; no es raro que se piense en la tecnología como la solución a todos nuestros problemas.

Solo lo que pueden resolver
Las declaraciones de las autoridades, citadas en la nota, también ponen en evidencia que estas solo se plantean los problemas que pueden resolver. Así, según las autoridades, el problema de las bibliotecas uruguayas radicaría en su falta de recursos, materiales y humanos, lo cual, evidentemente, podría resolverse con un aumento de estos. Está bien, las bibliotecas podrían mejorar su servicio en un sentido amplio: establecimientos más confortables, catálogos más amplios, horario extendido, etc. Pero esta “solución” solapa un problema más importante y más complejo de resolver, la disminución de lectores, que no de usuarios. No solo es que las bibliotecas puede que no estén prestando un buen servicio sino que hay pocos lectores que demanden uno mejor y distinto, ya que son pocas las personas que deciden pasar una tarde del sábado leyendo en una biblioteca, sin importar la calidad del servicio de esta sea. Y es que no son muchos los que disfruten de la lectura recreativa, de la lectura como ocio; los que, a pesar de esgrimir que no leen por falta de tiempo, estén dispuestos a ceder unas horas de televisión, de interacción en las redes sociales, a cambio de unas horas de lectura.

Ocio versus deber
La disminución en la cantidad de usuarios de las bibliotecas públicas en Uruguay –y del resto de los países– seguramente es directamente proporcional a la dificultad que ha habido para estimular el gusto por la lectura entre los ciudadanos, especialmente los más jóvenes. Hasta ahora las campañas de fomento, estímulo y promoción de la lectura se han basado en un mandato moral: leer es bueno, no leer es malo. Pero, ¿por qué es bueno leer y es malo no hacerlo? De acuerdo a la mayoría de los promotores del libro y la lectura, leer es importante para alcanzar un buen desempeño académico, ser culto (rendir homenaje a la herencia cultural) y ser mejor persona. Pocos se atreven a afirmar, quizás no lo compartan, que leer es bueno porque es divertido, es un divertimento que, al igual que otros, no amerita mayor justificación que el disfrute. La lectura está justificada en la medida en que se disfruta y este disfrute es lo único que puede contribuir a que aumenten los usuarios de las bibliotecas públicas; primero se es lector y luego usuario de biblioteca, no al revés.
Y es que la asistencia a las bibliotecas no se puede basar en las necesidades escolares de los usuarios, pues de lo contrario los usuarios –y con razón– migrarán irreversiblemente hacia Internet. Si de encontrar información sucinta y de forma expedita se trata, difícilmente una biblioteca –aunque solo tenga libros electrónicos– pueda competir con la red de redes. Por ello no es casualidad que las bibliotecas universitarias tengan una buena afluencia de usuarios/lectores. Estos asisten a las bibliotecas por una necesidad muy clara, la de encontrar material de estudio. Si no tienen dinero, o la disposición, para comprar el libro que necesitan para estudiar, van a un lugar donde pueden leerlo sin pagar. A propósito de la oposición usuario utilitarista/lector placentero, Juan Domingo Argüelles afirma en “Los usos de la lectura en México”:

El usuario utilitarista de la biblioteca pública es el que más abunda, en contraste con el lector placentero. Pero este usuario es la consecuencia lógica de un sistema que, independientemente de blandos discursos, a lo largo de la historia, ha considerado la adicción, el vicio de la lectura sin otro propósito que el disfrute, como un elemento perturbador, e incluso disociador, que no fortalece el desarrollo disciplinado y sí por el contrario propicia el individualismo.

Es decir, no son realmente las bibliotecas las que se encuentran en jaque sino los lectores y la lectura. Seguimos empeñados en insistir en que lectura y los libros son vitales por sus beneficios académicos y profesionales (económicos)  más que por el goce –imposible de evaluar, ridículo de prescribir– que nos pueden deparar.

¿Es malo leer libros malos?

29 Oct

Existe una falsa oposición. Se leen libros buenos o no se lee, porque leer libros malos no es leer. Los defensores de esta postura, subidos a una atalaya en una guerra contra la frivolidad que se ha apoderado del mundo, pontifican a favor de una literatura de calidad, que emocione y deje una impresión que trascienda. 

Sus principales mandamientos son ejercitarás una lectura selectiva y construirás un criterio, un gusto refinado, por medio de la lectura de literatura de calidad. Esta vía promete momentos repletos de vívidas carcajadas, amargas lágrimas, aunque auténticas, e imágenes imperecederas. Un paraíso literario en la Tierra.

Para estos ascetas el tiempo es oro y la lectura lo es más. No hay que extraviarse con libros mediocres, pues la calidad de la lectura depende de la relación que hay entre la cantidad de horas invertidas y el beneficio obtenido: intelectual, emocional, espiritual… A mayores beneficios, mejor la lectura y la literatura. 

Como pasa con otras prédicas, en este discurso hay muchos misterios por resolver. Lectura, libro y literatura son una trinidad. Leer es la comunicación con una realidad superior de la que se espera algún tipo de favor: iluminación, consuelo o fortuna. La literatura de calidad forma lectores, la mala los deforma. Evidentemente, la transgresión de estos preceptos es un pecado. Como el pecado de leer cualquier cosa.  

A la par de los misterios, y a pesar de las advertencias contra cometer pecado, surgen opiniones heréticas. Si el acto de leer se realiza únicamente cuando se lee un libro, cómo ha de llamarse a la decodificación de un mensaje plasmado en otro tipo de publicaciones o de soporte. Si leer un libro es sinónimo de leer literatura, qué nombre recibe lo que hacen aquellos que decodifican un texto científico. Si solo la literatura reporta un goce estético, qué pasa con la historia. Y si leer es decodificar pasivamente el mensaje enviado, qué sucede cuando se interpreta, versiona y expande ese mensaje.

Lo que propugnan los herejes es una lectura omnívora, indiscriminada, la lectura de cuanto material impreso pase frente a los ojos. Para estos lo ideal es que se lea, aunque sean libros “malos”, pero que se lea. La biblioteca de Babel es real y se construye mediante la lectura de todo, no hay nada que no sea digno de pertenecer a esta, no importa qué tan insignificante parezca el libro (o texto). 

Según una de sus tesis, categorías como “bueno” y “malo” tienen poco que decir acerca de un libro o la literatura. La bondad o la maldad de un libro no puede medirse en función de los supuestos efectos que este ejerce en los lectores, pues no hay un solo lector que reaccione de la misma manera ante un mismo libro. Como sucede hasta con un pretendido documento como una imagen fotográfica, hay quienes interpretan la Lolita de Nabokov como una apología de la pedofilia mientras otros la leen como una exploración de lo que ocurre cuando se es víctima de la fuerza aniquiladora de una pasión. 

También ponen en duda que haya que guiarse por el aura de lo clásico, esa que cubre a muchas obras, ya que esta condición, otorgada por los mediadores, no asegura a nadie que la lectura del susodicho libro será satisfactoria y no explica por qué a unos les satisface y a otros no. Un hereje como Michel Tournier afirma que un clásico es simplemente un libro que se lee en clases. 

Y es que el proceso para que un libro se convierta en un clásico es lo más parecido a la canonización de un santo. Este reconocimiento depende, de nuevo, de los mediadores, pero también del paso del tiempo y de la superación por parte de la obra de todas las posibles pruebas: cambio en el gusto de los lectores, pérdida de la vigencia de los temas abordados, entre otras. Hay clásicos-clásicos, la Ilíada, clásicos de la literatura nacional: el Martín Fierro, clásicos contemporáneos: Cien años de soledad, clásicos olvidados y hasta futuros clásicos.

De estas ideas deriva otra afirmación herética: la calidad no reside ni en el libro ni en la literatura, sino en el lector o, más bien, en la lectura. El encuentro del texto y el lector es el que le da sentido a todo. Sin embargo, no todos los herejes piensan igual. Daniel Pennac está de acuerdo con la existencia de malas novelas y de una literatura industrial, que se limita a “reproducir hasta la saciedad los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos a granel, comercia con buenos sentimientos y sensaciones fuertes, se lanza sobre todos los pretextos ofrecidos por la actualidad para parir una ficción de circunstancias”. Literatura que, de cualquier manera, puede ser disfrutada por el lector sin condenarlo eternamente. Incluso hay quienes llegan a poner en duda la legitimidad de llamar “basura” a ciertos libros y la literatura que transportan. Para John Spink los adultos están convencidos de que todo lo que rechazan, debe ser igualmente rechazado por los jóvenes lectores, así que llaman literatura basura simplemente a aquella que no les gusta y que no entienden cómo puede gustarle a los otros.

Al final, y para reconciliar a piadosos y herejes, que existan libros malos: novelas, ensayos, cuentos, obras de teatro… no significa que el lector que los lea esté condenado, pues la absolución, según la solución que ofrece el mismo Pennac, puede alcanzarse sin mayor esfuerzo pero sin descanso. Mientras más se lee, no importa qué, mayores referencias se acumulan, las cuales terminan por configurar un criterio de calidad. Así, el único antídoto ante el posible envenenamiento de la mala literatura es la literatura misma.

Hola, me gusta mucho el blog, quería saber si son de Argentina, los enconté entrando en la página de Gente del libro, pero otros datos suyos no encuentro. Muy interesantes los datos, estoy empezando a armar un blog sobre editoriales y librerías, voy a agregar su blog en mi lista de blogs, ya que también soy estudiante de edición. Muchas gracias

29 Oct

¡Hola! La verdad es que yo, Leroy Gutiérrez, soy venezolano, pero resido en Montevideo, Uruguay, desde así casi dos años. Blanca Strepponi, una colaboradora del blog, sí es argentina y vive en Buenos Aires. Ya que te gusta la información que publicamos en el blog, te invito a que visites la página de Sobre Edición en Facebook y su cuenta de Twitter, #sobreedicion. Muchas gracias a ti. 

Saludos

Algunas observaciones sobre derecho de autor y el negocio del libro digital

26 Oct

Recientemente el Plan Ceibal anunció la adquisición de los derechos de reproducción de una serie de libros uruguayos para ponerlos a disposición de los usuarios de las ceibalitas y de la plataforma del Plan Ceibal. A propósito de esto, el escritor Germán Machado hace algunas consideraciones en su texto “Pobres pero no boludos”: ¿el 3, el 10, el 25 o el 50% de derechos de autor en el libro digital? que me motivaron a realizar las siguientes observaciones.

1. El que las editoriales y los autores sean socios en la publicación de un libro es bastante relativo y no todas las editoriales ni todos los autores lo entienden de esa manera. De hecho, las empresas editoriales, que no las editoriales constituidas y motorizadas por una persona, se ven a sí mismas como organizaciones que invierten en los autores y sus textos, los cuales, a cambio de ceder los derechos de explotación de su obra, reciben un beneficio representado por un porcentaje sobre el precio de venta del libro.

2. El autor no reparte las utilidades con la editorial, pues el autor recibe su porcentaje antes de que el producto de la venta de cada ejemplar se emplee para pagar los costos o gastos de la producción y comercialización del libro. Es decir, el 10% que se le paga al autor por concepto de regalías es un costo más. Quien sí obtiene utilidades, cuando el libro las genera, es la editorial. De hecho, un autor recibe sus regalías, siempre que se venda un ejemplar, independientemente de que la comercialización de su obra termine por generar una utilidad para la editorial.

3. Respecto a la posición de los autores a la hora de negociar con las editoriales, no parece necesaria que haya una posición común. Cada autor, en función del éxito que ha cosechado su obra y de la relación que ha construido con la editorial, deberá determinar qué porcentaje considera el más conveniente. Pongo por ejemplo el caso de Paulo Coelho. Este escritor brasileño, conocido por vender una gran cantidad de ejemplares de sus obras, se ha permitido la libertad de compartir en su blog las versiones digitales de sus obras, de las cuales no percibe ni un solo centavo. Seguramente no todos los autores podrán tener o tendrán la misma disposición a compartir con los internautas del mundo su obra. En cualquier caso, así como pasó con el 10%, se llegará a un nuevo porcentaje por una suerte de consenso propiciado por la práctica.

4. El negocio del libro digital entraña una pequeña paradoja. Es un negocio que todavía no es negocio, por lo menos no fuera del territorio de Estados Unidos o para Amazon. Hasta ahora, y a pesar de todos los buenos augurios, la rentabilidad y sostenibilidad del modelo de negocio basado en la comercialización de contenido en formato digital está por verse. Todas las editoriales que han incursionado en el mercado digital lo han hecho para no perder participación de mercado. La premisa ha sido el que pega primero, pega dos veces. Si llegan tarde puede ser que se queden fuera del juego.

5. En la construcción de un escandallo para un libro digital carece de sentido establecer un 12,5% para el distribuidor y un 30% para el librero o librería digital. Precisamente uno de los cambios que produciría la sustitución definitiva del soporte papel por el soporte digital es la desaparición del distribuidor. En un mercado editorial digital el editor produce un libro digital y lo sube a la librería digital, no hace falta un distribuidor. Así que en todo caso, las nuevas librerías digitales deberían obtener de la descarga de cada ejemplar el libro 42,5%. Pero esto no es realmente así ya que este porcentaje no guarda relación con los recursos invertidos por la librería digital. Además, Amazon (la librería digital más importante del momento) ha puesto en práctica una estrategia que consiste en vender los libros digitales aún por debajo de su costo de producción con la finalidad de ganar la mayor participación de mercado posible y terminar por establecer un monopolio. A los editores, por si se quejan, les ha propuesto pagarles los que ello decidan que quieren ganar por la descarga de cada libro.

6. Limitar la explotación comercial a un determinado territorio en el ámbito digital es un contrasentido. Una de las grandes promesas de la publicación digital es, precisamente, que no hay fronteras físicas. Aparentemente ya no hay varios mercados editoriales sino un solo mercado editorial (digital). Un lector que se encuentre en Japón puede comprar un libro digital publicado por una editorial boliviana. Si el mercado del libro digital en Bolivia se encuentra en ciernes eso no importa, pues todos formamos parte de la nube o la red (se puede escoger cualquier imagen). Para tener acceso a esta solo necesitamos tener tarjeta de crédito y poseer un dispositivo al cual descargar el libro digital.

Finalmente, me gustaría recomendar la lectura del texto “Del precio de los ebooks a las chuches”, publicado en el desaparecido blog Paradigma Libro pero que se encuentra recogido en el libro Efímeros Instantes: todos los post del blog Paradigma Libro (está disponible para descargar de forma gratuita), en el cual se explica bastante bien cómo pensar acerca de la fijación del precio de un libro digital.

También quisiera sugerir la lectura de “Más textos escolares abiertos”, un artículo acerca del proyecto de distribuir en British Columbia, Canadá, textos educativos para 40 asignaturas de dos grados de educación básica. Estos textos, desarrollados por el gobierno regional, serán distribuidos de forma libre y gratuita por Internet, o impresos y a bajo costo, con licencia Creative Commons Atribución.

Entre la neutralidad y la expresividad

20 Oct

Dos hombres hablan en un departamento. Uno ha rescatado al otro de su intento de suicidio y trata de convencerlo, con un gran esfuerzo retórico, de que desista de su idea de usar un tren (el Sunset Limited) como un arma para acabar con su vida. Aunque breve, el uso exclusivo de un largo e intenso diálogo como recurso narrativo hace de El Sunset Limited, novela de Cormac McCarthy, un reto para cualquier traductor. ¿A qué español traducir el registro informal de un profesor universitario (blanco), ateo y suicida? ¿Qué expresiones, términos o jerga debe usar un expresidiario (negro), sarcástico, quien descubrió a Dios mientras agonizaba en la enfermería de una cárcel? Las respuestas a estas preguntas dependerán de si la editorial planea comercializar la traducción en un “mercado lingüístico” específico (España, el Cono Sur, el Caribe) o si pretende que esta, sin importar las variantes regionales, sea aceptada y apreciada en los países de habla hispana. Dicho de otra manera, y versionando lo expresado por Mario Bellatin, el traductor se verá en la obligación de escoger entre la persecución de la ilusoria neutralidad y la de la esquiva expresividad.

En vista de la presencia de frases como “Oiga, ¿se está cachondeando de mí o qué?”, “Tengo que ir cagando leches a la estación” o de expresiones como “poner chinitas” e “importar todo una higa”, el traductor Luis Murillo Fort decidió ser más expresivo que neutral, traduciendo el original en inglés (cuál de tantos) a una variante del español que sentía más idónea para expresar el carácter y las ideas de los personajes de la obra, Blanco y Negro.

Esta decisión puede haber sido errónea y haber puesto en evidencia el deseo de imponer un español por encima de los otros. Aunque, ¿alguien sabe cuál es el español al que traduce Murillo Fort? ¿El gallego? La maledicencia y cierto resentimiento latinoamericano hacia lo español han convertido en vergonzosa categoría lingüística un juicio de valor. Según los latinoamericanos, los habitantes de España hablan gallego, un idioma que, curiosamente, se asemeja mucho más a las variantes del español que se hablan en los países latinoamericanos y mucho menos al idioma que se habla en Galicia. La decisión del traductor y de la editorial de traducir a McCarthy a este español puede haber sido un error, pero solo en la medida en que hay lectores a los que, legítimamente, les molesten las expresiones y términos empleados, y que incluso no consigan comprender parte de la obra debido a cierto ruido. En este grupo no solo se deberían incluir a los lectores latinoamericanos sino también a algunos lectores españoles. Un andaluz o un catalán hablan variantes del español que no son idénticas a las de un madrileño o un vasco. Pues, contrario a lo que se cree, no todos los españoles hablan igual, así como tampoco lo hacen todos los peruanos.

Por otra parte, pensar que las traducciones vertidas a ese abstracto español peninsular, “el gallego”, forman parte de un accionar hegemónico de las multinacionales españolas del libro o que solo se debe traducir a una variante del español para salvaguardar la integridad de los lectores, no de la obra, carece de fundamentos.

Todo aquel que haya leído la traducción que editorial Norma (Colombia) le encargó al escritor Elkin Obregón de Mandrake, la Biblia y el bastón, de Rubem Fonseca, se habrá encontrado con el término citófono, nombre empleado en Colombia para referirse al dispositivo que sirve para comunicarse desde el interior de un apartamento con la entrada del edificio. Claro, citófono es un término inocuo, que no invita a malas interpretaciones ni tergiversaciones del texto. Pero, ¿qué pasa con el término “tira”? Obregón en vez de traducir “tira”, sustantivo usado en el portugués de Brasil para referirse a un agente de policía, prefiere mantenerlo, probablemente en aras de la expresividad: “Pienso que Victor Hugo describió al tira perfecto, todo buen tira tiene que ser un Javert sin misericordia.” ¿Algún lector español o latinoamericano debe sentirse perturbado por esta licencia del traductor? A alguno se le podrá escapar la referencia a la obra de Victor Hugo, pero difícilmente no encontrará el sentido de “tira”. Mientras que la literatura para adultos invita a leer con suspicacia las traducciones, la lectura de literatura para niños exige urbanidad y decencia. Se repite incansablemente que un texto traducido a una variante del español que no es la propia dificulta la comprensión y el disfrute de los lectores más jóvenes. Hasta se teme que los niños más pequeños dejen de aprender el español de sus padres y prefieran hablar como los foráneos. Esta forma de relacionarse con lo ajeno ha llegado incluso a censurar anécdotas o referencias a otras realidades sociales o culturales presentadas en libros escritos directamente en español. “Si el libro tratara un tema más cercano a la realidad de nuestros niños sería mejor”, “si el autor no usara palabras tan raras se entendería más”.

Está bien, la existencia de un español neutro, imposible de ser relacionado con algún territorio o nación, nos brindaría textos escritos en un lenguaje que, hipotéticamente, todos sentiríamos como nuestro, nunca de otro. Sin embargo, ¿existe un español neutro? Más allá de lo ensayado por los medios de comunicación, es difícil registrar un uso de este español. Peor aún, al no ser de nadie, ni de ningún lugar, es poco probable que alguien se identifique con él y con lo que se trate de expresar al usarlo.

Soñadora, a la vez lúcida y desprejuiciada, la editora colombiana María Osorio en su texto “Tengo un sueño… una mirada positiva al futuro del libro infantil en América Latina”, dice “Encontraremos además libros diversos, libros escritos en el español que se habla en los diferentes países, libros que no nos parecerán ajenos porque habremos aprendido a enriquecer nuestro lenguaje con las particularidades del español que hablan y escriben nuestros vecinos.”.

Cuando de lectura, de libros y de literatura se trata, aprender a enriquecerse es fundamental. Y no hace falta insistir en que somos diferentes a los otros, de eso ya hemos tenido bastante.

¿Se puede evitar la mesa de saldo?

14 Oct

Nadie se salva del olvido. Peor aún, nadie se salva de ser ignorado. No importa cuán talentoso se pueda ser, ni qué tan conocidas o celebradas sean sus creaciones en distintos lugares, los libros de cualquier escritor pueden ir a parar sin contemplaciones a la mesa de saldos.
Poco importa el género que se cultive, el tema que se aborde o, incluso, la editorial que haya decidido respaldar la publicación de la obra. Para que los ejemplares de un título no se vendan y terminen rematándose a un tercio, a veces menos, de su precio de venta original solo hace falta que los lectores, como en una conjura, pasen de largo frente a este sin querer perder su precioso tiempo hojeándolo.
Por qué un autor y su obra no llaman la atención de los lectores es, definitivamente, una de las grandes interrogantes que desvelan a los editores. Sobre la imposibilidad de responder a esta interrogante descansa toda la industria editorial. Si alguien supiera cuáles libros publicar no solo se acabaría el misterio, tanto para escritores como editores, sino que también desaparecería parte de la diversidad del ecosistema libro, la cual depende en gran parte de la presencia injustificada y redundante de algunos títulos.
Sin embargo, hay respuestas clásicas, lugares comunes, como que el autor es un desconocido, la editorial no tiene mayor prestigio, el tema no le interesa a nadie o ningún lector está dispuesto a pagar un precio tan alto por un libro como ese. Todo esto parece ser cierto, pero explica de forma poco satisfactoria el porqué llegan a la mesa de saldos libros de autores consagrados y en ediciones bien cuidadas.
Si se pasea por las librerías que acostumbran vender libros a precios de saldo en la céntrica avenida 18 de julio de Montevideo o, para que el efecto sea más contundente, se visitó la feria internacional del libro (finaliza el día de hoy) en la sede de la intendencia de esta ciudad queda claro que nadie está a salvo de ser saldado. Basta con revisar lo que ofrecían la mayor parte de los stands que se encontraban al inicio del espacio ferial para, con cierto vértigo, regocijarse al ver todo lo que se puede comprar a un módico precio.
Sin necesidad de pagar más de cuatro dólares, se podía comprar Una historia conmovedora, asombrosa y genial (edición tapa) de Dave Eggers, el mismo que fundara la editorial McSweeney’s y el proyecto literario 826 Valencia, y fuera finalista de los premios Pulitzer (2001, categoría general nonfiction) y National Book (2012). Pagando un poco menos se podía llevar a casa casi todos los títulos publicados por Douglas Coupland, incluyendo sus libros más conocidos: Generación X y Polaroids. Pero es posible que estos autores sean para paladares que disfruten de experiencias distintas.
No había que desanimarse. Tampoco había que hurgar demasiado. A la vista de todos se exhibían tres o cuatro títulos de Osvaldo Soriano, un par de Martín Caparrós y algunos de César Aira. A estos se sumaban En la zona de Juan José Saer y Sandra de Ariel Magnus que contribuían a abultar la oferta de escritores argentinos a precios bajos. Igualmente, para los que gustan de la literatura escrita en español lejos del Cono Sur, estaban disponibles Crónicas perdidas (Anagrama) de Alfredo Bryce Echenique, Diarios (1939-1972) (Alba) de Max Aub y Mi hermano el alcalde (Alfaguara) de Fernando Vallejo.
Seguro que quedó una buena cantidad de obras excepcionales que mi irreducible ignorancia no logró identificar. De hecho, y a pesar de mis limitadas referencias, pude encontrar (a cinco dólares) Francia combatiente. De Dunkerque a Belfort, obra que recoge los artículos que Edith Wharton escribiera sobre la Primera Guerra Mundial para Scribner’s Magazine y que ha sido publicada en español por Impedimenta.
Pero siguiendo con el intento de responder la pregunta “qué puede motivar que un autor y su obra pasen desapercibidos” es fácil echar mano de la explicación más difícil de rebatir: hay demasiados libros. Puede ser, hay demasiados libros, aunque sobre todo muy poca información sobre estos.
Quién puede saber si el libro que tiene ante sí vale la pena comprarlo si no tiene otra información que la que el editor le ofrece en los textos promocionales del libro. La necesidad de medios en los que se reseñen, critiquen o comenten libros se hace patente cuando le preguntamos a Google quién es Jonathan Lethem, de quien saldaban Chronic City, o Lawrence Norfolk, de quien saldaban El rinoceronte del Papa. Sin información sobre los libros y sus autores que ayuden a ubicarlos, ponderarlos, tasarlos, es difícil que estos encuentren el lector que buscan.
Una de las grandes promesas de las librerías digitales es que ofrecerán a los lectores indicios, pistas, señales, que les permitirá saber si un libro es para ellos o no. Parece promisorio. Baste saber si los sofisticados algoritmos serán capaces de orientarnos apropiadamente.
En todo caso, para que un autor se comunique con el lector, para que el libro llegue a manos de este, hace faltan las palabras de otro. Pues, como afirma Justo Navarro en su excelente prólogo (y traducción) de El cuaderno rojo (Quinteto) de Paul Auster, también saldado en la feria: somos las palabras de otro.