Los lectores en jaque

17 Ene

En “Las bibliotecas en jaque”, nota publicada por el diario El País (Uruguay) se da cuenta de la notoria disminución de los usuarios de las bibliotecas públicas del país. Según estadísticas del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, la Biblioteca Nacional habría pasado de recibir 26.179 usuarios en 2009 a recibir 5.940 en los primeros ocho meses de 2012. Asimismo, solo el 18% de los ciudadanos habría asistido a una biblioteca pública el año pasado –la cifra realmente es que 82% de los ciudadanos no frecuentó una biblioteca en 2012–.
A pesar de lo tentador que es caer en el tremendismo y sumarse al corro de los que cantan las peores desgracias de la sociedad, he de decirlo, la nota, como muchas que se publican en la prensa, simplifica y trivializa el problema que aborda. Da la impresión de que la disminución constante de usuarios de las bibliotecas, uruguayas y mundiales –el periodista afirma que “En Europa, el 80% de la población no asiste a estos centros. En Latinoamérica, se estima que solo concurre un tercio de sus habitantes, en su mayoría universitarios.”–, tiene que ver con que estos establecimientos han quedado obsoletos con sus libros en papel y su exigencia implícita de “aquí se viene a leer”. Se supone que las bibliotecas ya no ofrecerían a los “lectores” lo que estos necesitan por lo que tendrían que adaptarse a las demandas actuales del público incorporando más y mejor tecnología. Según esta visión, las bibliotecas, tal como las conocemos, difícilmente pueden hacer frente a la dura competencia de Internet, pues esta, una versión mejorada de la antigua biblioteca de Alejandría, sería la biblioteca de bibliotecas, el repositorio de todo el conocimiento humano al alcance de un clic.    
También se puede presumir, por lo dicho en la nota, que si las bibliotecas emplearan parte de sus magros recursos para instalar más computadoras y, mejor aún, adquirir lectores de libros electrónicos para prestar a sus visitantes, entonces, cabría esperar que los usuarios aumentaran; no es raro que se piense en la tecnología como la solución a todos nuestros problemas.

Solo lo que pueden resolver
Las declaraciones de las autoridades, citadas en la nota, también ponen en evidencia que estas solo se plantean los problemas que pueden resolver. Así, según las autoridades, el problema de las bibliotecas uruguayas radicaría en su falta de recursos, materiales y humanos, lo cual, evidentemente, podría resolverse con un aumento de estos. Está bien, las bibliotecas podrían mejorar su servicio en un sentido amplio: establecimientos más confortables, catálogos más amplios, horario extendido, etc. Pero esta “solución” solapa un problema más importante y más complejo de resolver, la disminución de lectores, que no de usuarios. No solo es que las bibliotecas puede que no estén prestando un buen servicio sino que hay pocos lectores que demanden uno mejor y distinto, ya que son pocas las personas que deciden pasar una tarde del sábado leyendo en una biblioteca, sin importar la calidad del servicio de esta sea. Y es que no son muchos los que disfruten de la lectura recreativa, de la lectura como ocio; los que, a pesar de esgrimir que no leen por falta de tiempo, estén dispuestos a ceder unas horas de televisión, de interacción en las redes sociales, a cambio de unas horas de lectura.

Ocio versus deber
La disminución en la cantidad de usuarios de las bibliotecas públicas en Uruguay –y del resto de los países– seguramente es directamente proporcional a la dificultad que ha habido para estimular el gusto por la lectura entre los ciudadanos, especialmente los más jóvenes. Hasta ahora las campañas de fomento, estímulo y promoción de la lectura se han basado en un mandato moral: leer es bueno, no leer es malo. Pero, ¿por qué es bueno leer y es malo no hacerlo? De acuerdo a la mayoría de los promotores del libro y la lectura, leer es importante para alcanzar un buen desempeño académico, ser culto (rendir homenaje a la herencia cultural) y ser mejor persona. Pocos se atreven a afirmar, quizás no lo compartan, que leer es bueno porque es divertido, es un divertimento que, al igual que otros, no amerita mayor justificación que el disfrute. La lectura está justificada en la medida en que se disfruta y este disfrute es lo único que puede contribuir a que aumenten los usuarios de las bibliotecas públicas; primero se es lector y luego usuario de biblioteca, no al revés.
Y es que la asistencia a las bibliotecas no se puede basar en las necesidades escolares de los usuarios, pues de lo contrario los usuarios –y con razón– migrarán irreversiblemente hacia Internet. Si de encontrar información sucinta y de forma expedita se trata, difícilmente una biblioteca –aunque solo tenga libros electrónicos– pueda competir con la red de redes. Por ello no es casualidad que las bibliotecas universitarias tengan una buena afluencia de usuarios/lectores. Estos asisten a las bibliotecas por una necesidad muy clara, la de encontrar material de estudio. Si no tienen dinero, o la disposición, para comprar el libro que necesitan para estudiar, van a un lugar donde pueden leerlo sin pagar. A propósito de la oposición usuario utilitarista/lector placentero, Juan Domingo Argüelles afirma en “Los usos de la lectura en México”:

El usuario utilitarista de la biblioteca pública es el que más abunda, en contraste con el lector placentero. Pero este usuario es la consecuencia lógica de un sistema que, independientemente de blandos discursos, a lo largo de la historia, ha considerado la adicción, el vicio de la lectura sin otro propósito que el disfrute, como un elemento perturbador, e incluso disociador, que no fortalece el desarrollo disciplinado y sí por el contrario propicia el individualismo.

Es decir, no son realmente las bibliotecas las que se encuentran en jaque sino los lectores y la lectura. Seguimos empeñados en insistir en que lectura y los libros son vitales por sus beneficios académicos y profesionales (económicos)  más que por el goce –imposible de evaluar, ridículo de prescribir– que nos pueden deparar.

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