¿Es malo leer libros malos?

29 Oct

Existe una falsa oposición. Se leen libros buenos o no se lee, porque leer libros malos no es leer. Los defensores de esta postura, subidos a una atalaya en una guerra contra la frivolidad que se ha apoderado del mundo, pontifican a favor de una literatura de calidad, que emocione y deje una impresión que trascienda. 

Sus principales mandamientos son ejercitarás una lectura selectiva y construirás un criterio, un gusto refinado, por medio de la lectura de literatura de calidad. Esta vía promete momentos repletos de vívidas carcajadas, amargas lágrimas, aunque auténticas, e imágenes imperecederas. Un paraíso literario en la Tierra.

Para estos ascetas el tiempo es oro y la lectura lo es más. No hay que extraviarse con libros mediocres, pues la calidad de la lectura depende de la relación que hay entre la cantidad de horas invertidas y el beneficio obtenido: intelectual, emocional, espiritual… A mayores beneficios, mejor la lectura y la literatura. 

Como pasa con otras prédicas, en este discurso hay muchos misterios por resolver. Lectura, libro y literatura son una trinidad. Leer es la comunicación con una realidad superior de la que se espera algún tipo de favor: iluminación, consuelo o fortuna. La literatura de calidad forma lectores, la mala los deforma. Evidentemente, la transgresión de estos preceptos es un pecado. Como el pecado de leer cualquier cosa.  

A la par de los misterios, y a pesar de las advertencias contra cometer pecado, surgen opiniones heréticas. Si el acto de leer se realiza únicamente cuando se lee un libro, cómo ha de llamarse a la decodificación de un mensaje plasmado en otro tipo de publicaciones o de soporte. Si leer un libro es sinónimo de leer literatura, qué nombre recibe lo que hacen aquellos que decodifican un texto científico. Si solo la literatura reporta un goce estético, qué pasa con la historia. Y si leer es decodificar pasivamente el mensaje enviado, qué sucede cuando se interpreta, versiona y expande ese mensaje.

Lo que propugnan los herejes es una lectura omnívora, indiscriminada, la lectura de cuanto material impreso pase frente a los ojos. Para estos lo ideal es que se lea, aunque sean libros “malos”, pero que se lea. La biblioteca de Babel es real y se construye mediante la lectura de todo, no hay nada que no sea digno de pertenecer a esta, no importa qué tan insignificante parezca el libro (o texto). 

Según una de sus tesis, categorías como “bueno” y “malo” tienen poco que decir acerca de un libro o la literatura. La bondad o la maldad de un libro no puede medirse en función de los supuestos efectos que este ejerce en los lectores, pues no hay un solo lector que reaccione de la misma manera ante un mismo libro. Como sucede hasta con un pretendido documento como una imagen fotográfica, hay quienes interpretan la Lolita de Nabokov como una apología de la pedofilia mientras otros la leen como una exploración de lo que ocurre cuando se es víctima de la fuerza aniquiladora de una pasión. 

También ponen en duda que haya que guiarse por el aura de lo clásico, esa que cubre a muchas obras, ya que esta condición, otorgada por los mediadores, no asegura a nadie que la lectura del susodicho libro será satisfactoria y no explica por qué a unos les satisface y a otros no. Un hereje como Michel Tournier afirma que un clásico es simplemente un libro que se lee en clases. 

Y es que el proceso para que un libro se convierta en un clásico es lo más parecido a la canonización de un santo. Este reconocimiento depende, de nuevo, de los mediadores, pero también del paso del tiempo y de la superación por parte de la obra de todas las posibles pruebas: cambio en el gusto de los lectores, pérdida de la vigencia de los temas abordados, entre otras. Hay clásicos-clásicos, la Ilíada, clásicos de la literatura nacional: el Martín Fierro, clásicos contemporáneos: Cien años de soledad, clásicos olvidados y hasta futuros clásicos.

De estas ideas deriva otra afirmación herética: la calidad no reside ni en el libro ni en la literatura, sino en el lector o, más bien, en la lectura. El encuentro del texto y el lector es el que le da sentido a todo. Sin embargo, no todos los herejes piensan igual. Daniel Pennac está de acuerdo con la existencia de malas novelas y de una literatura industrial, que se limita a “reproducir hasta la saciedad los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos a granel, comercia con buenos sentimientos y sensaciones fuertes, se lanza sobre todos los pretextos ofrecidos por la actualidad para parir una ficción de circunstancias”. Literatura que, de cualquier manera, puede ser disfrutada por el lector sin condenarlo eternamente. Incluso hay quienes llegan a poner en duda la legitimidad de llamar “basura” a ciertos libros y la literatura que transportan. Para John Spink los adultos están convencidos de que todo lo que rechazan, debe ser igualmente rechazado por los jóvenes lectores, así que llaman literatura basura simplemente a aquella que no les gusta y que no entienden cómo puede gustarle a los otros.

Al final, y para reconciliar a piadosos y herejes, que existan libros malos: novelas, ensayos, cuentos, obras de teatro… no significa que el lector que los lea esté condenado, pues la absolución, según la solución que ofrece el mismo Pennac, puede alcanzarse sin mayor esfuerzo pero sin descanso. Mientras más se lee, no importa qué, mayores referencias se acumulan, las cuales terminan por configurar un criterio de calidad. Así, el único antídoto ante el posible envenenamiento de la mala literatura es la literatura misma.

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