¿Se puede evitar la mesa de saldo?

14 Oct

Nadie se salva del olvido. Peor aún, nadie se salva de ser ignorado. No importa cuán talentoso se pueda ser, ni qué tan conocidas o celebradas sean sus creaciones en distintos lugares, los libros de cualquier escritor pueden ir a parar sin contemplaciones a la mesa de saldos.
Poco importa el género que se cultive, el tema que se aborde o, incluso, la editorial que haya decidido respaldar la publicación de la obra. Para que los ejemplares de un título no se vendan y terminen rematándose a un tercio, a veces menos, de su precio de venta original solo hace falta que los lectores, como en una conjura, pasen de largo frente a este sin querer perder su precioso tiempo hojeándolo.
Por qué un autor y su obra no llaman la atención de los lectores es, definitivamente, una de las grandes interrogantes que desvelan a los editores. Sobre la imposibilidad de responder a esta interrogante descansa toda la industria editorial. Si alguien supiera cuáles libros publicar no solo se acabaría el misterio, tanto para escritores como editores, sino que también desaparecería parte de la diversidad del ecosistema libro, la cual depende en gran parte de la presencia injustificada y redundante de algunos títulos.
Sin embargo, hay respuestas clásicas, lugares comunes, como que el autor es un desconocido, la editorial no tiene mayor prestigio, el tema no le interesa a nadie o ningún lector está dispuesto a pagar un precio tan alto por un libro como ese. Todo esto parece ser cierto, pero explica de forma poco satisfactoria el porqué llegan a la mesa de saldos libros de autores consagrados y en ediciones bien cuidadas.
Si se pasea por las librerías que acostumbran vender libros a precios de saldo en la céntrica avenida 18 de julio de Montevideo o, para que el efecto sea más contundente, se visitó la feria internacional del libro (finaliza el día de hoy) en la sede de la intendencia de esta ciudad queda claro que nadie está a salvo de ser saldado. Basta con revisar lo que ofrecían la mayor parte de los stands que se encontraban al inicio del espacio ferial para, con cierto vértigo, regocijarse al ver todo lo que se puede comprar a un módico precio.
Sin necesidad de pagar más de cuatro dólares, se podía comprar Una historia conmovedora, asombrosa y genial (edición tapa) de Dave Eggers, el mismo que fundara la editorial McSweeney’s y el proyecto literario 826 Valencia, y fuera finalista de los premios Pulitzer (2001, categoría general nonfiction) y National Book (2012). Pagando un poco menos se podía llevar a casa casi todos los títulos publicados por Douglas Coupland, incluyendo sus libros más conocidos: Generación X y Polaroids. Pero es posible que estos autores sean para paladares que disfruten de experiencias distintas.
No había que desanimarse. Tampoco había que hurgar demasiado. A la vista de todos se exhibían tres o cuatro títulos de Osvaldo Soriano, un par de Martín Caparrós y algunos de César Aira. A estos se sumaban En la zona de Juan José Saer y Sandra de Ariel Magnus que contribuían a abultar la oferta de escritores argentinos a precios bajos. Igualmente, para los que gustan de la literatura escrita en español lejos del Cono Sur, estaban disponibles Crónicas perdidas (Anagrama) de Alfredo Bryce Echenique, Diarios (1939-1972) (Alba) de Max Aub y Mi hermano el alcalde (Alfaguara) de Fernando Vallejo.
Seguro que quedó una buena cantidad de obras excepcionales que mi irreducible ignorancia no logró identificar. De hecho, y a pesar de mis limitadas referencias, pude encontrar (a cinco dólares) Francia combatiente. De Dunkerque a Belfort, obra que recoge los artículos que Edith Wharton escribiera sobre la Primera Guerra Mundial para Scribner’s Magazine y que ha sido publicada en español por Impedimenta.
Pero siguiendo con el intento de responder la pregunta “qué puede motivar que un autor y su obra pasen desapercibidos” es fácil echar mano de la explicación más difícil de rebatir: hay demasiados libros. Puede ser, hay demasiados libros, aunque sobre todo muy poca información sobre estos.
Quién puede saber si el libro que tiene ante sí vale la pena comprarlo si no tiene otra información que la que el editor le ofrece en los textos promocionales del libro. La necesidad de medios en los que se reseñen, critiquen o comenten libros se hace patente cuando le preguntamos a Google quién es Jonathan Lethem, de quien saldaban Chronic City, o Lawrence Norfolk, de quien saldaban El rinoceronte del Papa. Sin información sobre los libros y sus autores que ayuden a ubicarlos, ponderarlos, tasarlos, es difícil que estos encuentren el lector que buscan.
Una de las grandes promesas de las librerías digitales es que ofrecerán a los lectores indicios, pistas, señales, que les permitirá saber si un libro es para ellos o no. Parece promisorio. Baste saber si los sofisticados algoritmos serán capaces de orientarnos apropiadamente.
En todo caso, para que un autor se comunique con el lector, para que el libro llegue a manos de este, hace faltan las palabras de otro. Pues, como afirma Justo Navarro en su excelente prólogo (y traducción) de El cuaderno rojo (Quinteto) de Paul Auster, también saldado en la feria: somos las palabras de otro. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: