Entrevista a una autora y editora: Ruth Kaufman

26 Nov


Es maestra y licenciada en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires. Ha sido profesora, autora de libros ilustrados y libros de texto. Junto a Diego Bianchi y a Patricia Jazan fundó el sello editorial Pequeño Editor.

Esta conversación es un adelanto a su encuentro con Sobre Edición en la FIL Guadalajara 2009.

Leroy Gutiérrez: ¿Cuándo y cómo se inicia la edición de un libro de Pequeño Editor?

Ruth Kaufman: No hay un solo modo de inicio. Te cuento algunos: Canción decidida, Nariz de Higo, El paraíso viviente nacieron de mi pedido a David Wapner, Roberta Iannamico y Mario Varela, respectivamente, de poemas. Ellos enviaron libros y nosotros seleccionamos un solo poema para darle la forma de libro ilustrado. Buscábamos poetas que escribieran en el lenguaje de la poesía contemporánea y que, a la vez, en esos u otros textos tuvieran iniciado un diálogo literario con los chicos.
El libro Quiero ver una vaca de Enrique Fierro, en cambio, surgió al oírlo leer el poema en un extenso recital de poesía con público adulto. La poesía de Enrique Fierro es conceptual, vanguardista y hermética. Con este poema todos se reían, Diego Bianki y yo nos miramos y dijimos “este es un poema Pequeño Editor”. Enrique se enganchó enseguida con el proyecto y hasta pasó por Buenos Aires cuando lo presentamos en el MALBA (es uruguayo y vive en Texas).
La segunda parte es el encuentro con el ilustrador, que no siempre resuelve el trabajo con dibujos. Por ejemplo, para el poema de Enrique Fierro convocamos a Silvia Lenardon y Guillermo Martínez que tienen la Compañía de objetos “El pinguinazo”. Hicieron los objetos en madera, el fotógrafo Marcelo Setton hizo las fotos junto a Bianki que pensaba ya en la puesta en página. Pero también hicieron un espectáculo de su compañía con este texto.
Otros: Un libro en tamaño real, nuestro primer libro de divulgación científica. Es una propuesta de su autor, Jorge Doneiger. Jorge tenía una idea e incluso algunas páginas prácticamente resueltas. Muchos encuentros, muchas charlas, la presencia de Jorge y Bianki en las primeras sesiones de fotos y la presencia de Marcelo Setton fueron delineando, en el momento, las decisiones finales que hicieron de la idea, este libro.
Los libros de Cuadriños, la colección de historietas, han nacido casi todos de proyectos que dibujantes de historieta ya habían publicado en revistas. Tenían los originales ¡fabulosos! y nosotros les dimos una segunda vida entre las dos tapas de un libro y en la perduración de un catálogo.

LG: ¿De qué manera el “carácter autoral” del proyecto Pequeño Editor determina la edición y publicación de sus libros? ¿Qué significa en la práctica?

RK: Es difícil de explicar. Para mí lo autoral tiene que ver con la pasión, con un compromiso muy personal. Significa que pese a que la edición implica venta de libros, lo hacemos de un modo que deje abierto un espacio de búsqueda para los autores.
Tiene que ver también con sostener un catálogo de “otros” libros en el tiempo y sostenernos cada uno de los miembros del equipo con otros trabajos para hacer que esto sea posible. Muchos años de trabajo en el que todos los réditos económicos se han invertido en continuar y continuar.

LG: Tomando en cuenta que tú eres autora, ¿cómo concilias ese rol con el de editora?

RK: En mi caso, triplicando la exigencia hacia mis cosas. Para presentarle algo mío a la editora de Pequeño Editor, tengo que estar muy pero muy convencida. De todos modos, desde este año me acompaña en la tarea una excelente editora, Raquel Franco.

LG: ¿Consideras que los editores pueden llegar a manipular la obra de un autor?

RK: Creo, humildemente, que en algunos casos podemos hacer aportes, en otros el libro está redondo y no hay nada que hacer. En Pequeño Editor a veces opinamos y les proponemos a los autores (en larguísimos mails con mucha fundamentación) cambios, pequeños cambios –dada la “pequeñez” de nuestros libros. Hasta ahora todos han aceptado. Te doy un ejemplo, en el caso de ¿Qué crees tú que puedes hacer en mi circo? les propusimos una vuelta de tuerca para el final que se resolvió en el dibujo. Los editores de Casterman, que habían rechazado el original, lo compraron años más tarde en nuestra edición. ¿Fue por este cambio o por otros motivos? Qui lo sa…

LG: ¿Los editores deben publicar los libros que les gustan o los que les gustan a los lectores?

RK: Los que les gustan. No creo en esa “o”, seguramente los libros que nos gustan, gustarán también a algunos lectores. En ese sentido el equipo es importante: no alcanza con que le guste a uno solo.

LG: ¿Cómo se edita un libro ilustrado? ¿Qué diferencia puede haber respecto al trabajo realizado con un libro que solo tiene texto?

RK: Creo que dado que el libro ilustrado contiene dos lenguajes, el principal ingrediente de su edición debe ser un equipo en el que estén presentes las dos voces, en dos o más personas diferentes. Si hay pelea y discusión, mucho mejor.

LG: ¿Cómo logran que en cada libro que publican haya un espacio “para la experimentación en lo visual, en lo literario y en la fusión de ambos lenguajes”?

RK: Si lo logramos o no, lo dirán los lectores, los críticos y el autor del blog Sobre Edición.
Desde la edición, primero seleccionamos textos que para nosotros hayan sido escritos desde un lugar de experimentación, no nos interesan los poemas cliché de la literatura infantil ni los relatos ídem. Al buscar un ilustrador pensamos en alguien que agregue algo al texto, que juegue con él, que no lo reitere. Si se trata de proyectos unitarios, como los libros de Inés Trigub o Pablo Varela, nos interesa que ambos lenguajes mantengan su autonomía y se potencien entre sí. Los lectores dirán si hay lugar para la experimentación o si vamos con fórmulas.

LG: Michel Tournier, en su ensayo “¿Existe una literatura infantil?”, dice: “a Shakespeare, Goethe y Balzac se les puede tachar de una imperfección a mi juicio imperdonable: la de que los niños no puedan leerlos”. ¿El que una obra literaria puede ser leída “incluso por los niños” puede ser considerado un criterio de calidad?

RK: Para nada. El adulto que escribe para chicos es un caso muy raro. ¿Desde dónde lo hace? ¿Desde su infancia, desde su amistad con chicos reales (como J. M. Barrie y Lewis Carroll), desde el género, para enseñar? Ese es un punto clave. De todos modos, lo que queda después es la obra. Se supone que Collodi escribió Pinocho para enseñar moralidad y la novela trasciende por los cuatro costados esa intención y en cierta forma invita más a la trasgresión que al orden. Pero –y no lo digo solo por el temor a la competencia– que todos los escritores deban producir textos legibles para los niños es un disparate. Por otra parte, excepto Peter Pan, los niños crecerán.

LG: ¿Se deben “versionar” los clásicos para que puedan ser leídos por los niños?

RK: Dictaminar este deber ser, por suerte, no es tarea de los editores. En mi caso, rescaté un poema de Shakespeare y haciendo una versión bastante pegada al original dimos a luz, junto con el ilustrador Cristian Turdera, el libro La Reina Mab. Lo que me gustó de esta experiencia fue justamente dar a leer a los chicos la lengua de Shakespeare, la cadencia de su poema.
Creo que los clásicos son libros que soportan –no sin pérdida– las adaptaciones. Porque son una escritura pero también un poderoso argumento. Las versiones suelen priorizar el argumento por sobre la escritura, con la idea de democratizar, de dar a conocer aspectos de la cultura que han sido hasta hoy patrimonios comunes. ¿Está bien?, ¿está mal? En cierta forma, el que lee esas adaptaciones sigue sin leer el clásico en cuestión pero, al menos, conoce el argumento de la historia. No creo que esa lectura le impida acercarse al clásico (que sería lo “malo”) tampoco, necesariamente, que lo lleve a esa experiencia. Los caminos de la lectura personal son muy azarosos.

LG: ¿Existe una literatura para niños distinta a la literatura para adultos?

RK: Depende en qué aspectos señalemos las diferencias. Sin duda, hay elementos de cierta literatura adulta que no pueden estar presentes en una literatura para niños por cuestiones de legibilidad: referencias históricas y culturales complejas sin explicitar; léxico muy alejado del habla cotidiana, sintaxis muy enrevesada, tramas cuya comprensión depende de referencias intertextuales o de experiencias propias de la vida adulta, como las relaciones carnales.
Según Lewis Carroll, un libro para chicos no podía carecer de diálogos. Si me baso en mis recuerdos de lectura de niña y en la de niños con los que converso ahora, diría que el equilibrio entre, siguiendo a Barthes, indicios y funciones suele inclinarse notoriamente hacia las funciones. (En mi caso, soy adicta a los relatos funcionales por excelencia, los cuentos populares, desde chica. Pero también me doy cuenta de que he “crecido” porque ahora disfruto como loca con textos repletos de descripciones, las mismas que de niña saltaba religiosamente). En fin, habría que elegir un corpus de libros y analizarlos. Seguramente hay lugares de intersección. No existen leyes generales en materias literarias, ¿verdad?

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