Disculpe, no soy un geek, soy un editor

22 Jul
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Me habría gustado empezar esta entrada diciendo “se los dije” pero la verdad es que nunca escribí las objeciones que tenía, que tengo respecto al libro electrónico. Y no las escribí porque las venía rumiando para ver si eran del todo justificadas o si con el paso del tiempo podía obtener las pruebas que consideraba necesarias para presentar una oposición seria al que parece ser un cambio de gran importancia para la industria del libro y la cultura. También, otra verdad, es que en Latinoamérica, en general, y en Venezuela, en particular, habrá que esperar bastante tiempo, sino demasiado, para verle la pantalla a estos dispositivos. Y no me refiero a que lleguen vía courier y que, luego de alguna maniobra ilegal, el usuario tenga la oportunidad de descargar desde Internet alguno que otro libro. Me refiero a que se vendan legalmente en los países de la región y que los usuarios puedan tener acceso a servicios como el de Amazon. Así que pensé que contaba con bastante tiempo para pensar en lo que no me gustaba del Kindle y sus pares antes de que me topara con uno de ellos en una tienda de Caracas.


Hasta a los paranoicos los persiguen

Pero ahora resulta que ha sucedido algo que me ha servido a mí, y hasta a Francis Pisani, como prueba de que no todo funciona bien en relación con los lectores electrónicos y el libro digital. Amparado detrás del contrato de servicio suscrito con sus clientes, Amazon ha hecho algo para lo que estaba facultado desde un principio pero que nadie esperaba que hiciera: entró a los dispositivos propiedad de sus clientes y borró, sin consulta previa y con brevísima explicación posterior, un libro que estos habían comprado siguiendo todas las reglas. Como ya han señalado muchos, el problema no es que Amazon haya borrado un libro por no contar con el permiso para venderlo (como si lo retirara de las vitrinas), sino que pudo entrar en la biblioteca de un lector sin su permiso y hacer desaparecer un libro que se suponía que le pertenecía a éste.

La primera interpretación que se ha hecho de lo sucedido es que a la larga Amazon podría hacer uso de su potestad de eliminar libros del Kindle para censurar aquellos libros considerados peligrosos a petición, digamos, del Estado. Sin embargo, el problema de la censura se presenta desde antes cuando es Amazon, exclusivamente, quien decide qué libros digitales se pueden descargar o no en su dispositivo. A pesar de que se alegue que el libro que no se pueda descargar al Kindle se podrá, seguramente, descargar por otro dispositivo, si se piensa en la posibilidad de que la librería digital se haga con el control mayoritario del mercado del libro electrónico, entonces habrá que aceptar que si ese libro no está disponible para el Kindle no estará disponible para ningún otro dispositivo ni para ningún lector.


¿En qué consiste el gran cambio?

Además de la censura, otro tópico que salta a la vista luego de la acción de Amazon es del carácter volátil del contenido digital. Por más que la tecnología de almacenamiento y recuperación de datos avance todos los días, lo digital no deja de ser menos sólido que lo impreso. Esto a pesar de que no haya libros que soporten la cercanía del fuego y los ataques de la humedad. No obstante, la del contenido digital se trata de una naturaleza auténticamente inasible, que se encuentra lejos de la posibilidad de los usuarios para asirla del todo.

Si Julio Cortázar hubiese escrito sus cuentos en una computadora a esta altura no contaríamos con la agradable sorpresa de un libro con cuentos inéditos de su autoría. Es cierto, muchos autores no quieren ver publicada toda su obra, pero a veces se equivocan en la apreciación de la calidad de lo que escriben.

Pero al final el problema no es el de la censura ni el de la volatilidad de las obras digitales sino el de que con los lectores electrónicos (e-readers) y los libros digitales (e-books) los lectores no son dueños de los libros que compran. Es decir que el gran cambio de la industria del libro pasa por ser un cambio en la condición del lector. Con los nuevos soportes el lector pasa de ser dueño del libro, tanto del contenedor como del contenido, a ser un usuario que tan solo ha adquirido una licencia para acceder a determinada información.

Puede que al principio no se sienta la fuerza de este cambio pero a medida que pase el tiempo y los lectores sientan que no pueden renunciar a tener en la punta de sus dedos la más grande biblioteca la transformación se apreciará en toda su intensidad.

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