La crisis editorial explicada a mi mamá en siete puntos

24 Mar

Como todas las madres, la mía se preocupa cuando ve que no sonrío mucho y que respondo entre dientes cuando se me pregunta cómo va el trabajo. Como buen hijo que quiere a su madre he intentado explicarle la crisis por la que atraviesa la industria en la que trabajo. Así he resumido, ad absurdum, para ella los elementos que constituyen la crisis:

1. Se publica más de lo que se puede vender.
La industria editorial, al igual que otras industrias, asumió tontamente que mientras más títulos se publicaran mayores serían las ventas y, por supuesto, los beneficios. Entonces, desde hace tiempo anualmente se publican grandes cantidades de libros que han terminado por sobrepasar la capacidad de exhibición de las librerías y el interés de los lectores. De allí que muchos de esos libros sean devueltos a las editoriales y luego deban venderlos como papel (destruirlos) o comercializarlos en otros mercados.

2. Se malgastan los recursos.
Como las editoriales (los grandes grupos, realmente) confían en que más es mejor, publican más novedades apostando por aumentar las probabilidades de que surja un best-seller o algún fenómeno de ventas que justifique los recursos que se han invertido. Parece trabalenguas, pero es más bien como jugar a la lotería. Mientras más tickets se compren más posibilidades hay de ganarse el premio mayor. Como los best-seller no han hecho su aparición, no en la cantidad suficiente, se han seguido invirtiendo, contradictoriamente, cada vez más recursos para dar con uno. Así los autores cuyo libro se considera un posible best-seller reciben cada vez más dinero por concepto de adelanto(1), llegándose a hipotecar el éxito del libro. Por ejemplo, un grupo editorial norteamericano, HarperCollins, ha publicado recientemente la novela The Kindly Ones de Jonathan Littell. Por el derecho a publicar y vender esta novela, de unas 900 páginas, el autor recibió de parte de HarperCollins un adelanto de cerca de 1.000.000 de dólares. Como el precio de la edición tapa dura del libro es de 29,99 dólares y al autor le toca recibir de esa cantidad cerca de la mitad, se deben vender más de 75.000 ejemplares para cubrir el adelanto. Para cubrir los costos de impresión y mercadeo, entre otros, tendrán que venderse muchos ejemplares más y la editorial aún así no tendría ganancias.

3. Se ha abandonado el canal natural de venta.
En vista de que las librerías no permiten la salida de todos los libros que se publican y devuelven un gran porcentaje de ellos, las editoriales decidieron probar suerte con otros canales. Muchos de los libros que no se venden van a parar a hipermercados, supermercados, farmacias y demás establecimientos. En los países en los que no hay precio fijo, que son mayoría en América Latina, esto representa una forma desleal de competir. Si la librería independiente solicita a la editorial 20 ejemplares de un título y recibe un descuento del 50%, el hipermercado solicita 100 ejemplares y, gracias a su poder de negociación, demanda un descuento del 70%. El hipermercado puede, entonces, vender el mismo título con un precio 20% o 30% menor que el que ofrece una librería. Una de las consecuencias previsibles es que las ventas en las librerías han bajado y con ello su poder de negociación ante las editoriales. Además, los hipermercados tienen una influencia en la política de las editoriales determinando, mediante las ventas, el tipo de libro que se publica. La literatura no tiene la misma aceptación en los establecimientos que venden detergentes como las aventuras y desventuras de ricos y famosos.

4. Se confunde a los lectores.
Pero los grandes grupos españoles, con filiales en Latinoamérica, tienen la opción de mandar los libros que no se venden en España al otro lado del océano. Así llegan contenedores llenos de libro que no tienen gran demanda. Lo que no se lee allá no tiene porqué leerse aquí. Esto trae consigo más problemas que soluciones. La editorial quizás cumpla con su meta de ventas (2) pero perjudica a distribuidores, a libreros y a lectores. Otra cosa que ocurre es que se emite un mensaje confuso a los lectores respecto al precio de los libros. Dado que estos libros son comprados a precio de saldo, en las librerías se pueden llegar a encontrar títulos en ediciones de lujo a un precio menor que el de otros títulos publicados en ediciones más modestas.

5. El mercado ha sido monopolizado.
Por muchas razones, se han ido conformando grandes grupos editoriales que pertenecen a grandes grupos comunicacionales que, muchas veces, pertenecen a grandes grupos económicos. Los grandes grupos editoriales, formados mediante la adquisición de editoriales independientes o grupos más pequeños, han ido monopolizando el mercado editorial e imponiendo sus condiciones a todos. La supervivencia de editoriales independientes, librerías independientes e incluso de determinados temas y tipos de libros está bajo amenaza. Mas los grandes grupos no son los únicos que han entrado en el juego editorial. En países como Venezuela, el Estado se ha convertido en un actor importante de la industria del libro llegando a tener una cadena de librerías, una distribuidora, una imprenta y un nutrido grupo de editoriales que compiten con las privadas, independientes o no.

6. Se edita sin editores.
Ya lo dijo un editor norteamericano de origen francés, André Schiffrin, para publicar álbumes de fotografías de gatos o de la familia real británica no hace falta un editor. La edición como arte, oficio o profesión ha ido perdiendo espacio dentro de las editoriales en favor de otras actividades como el mercadeo. Cuando lo importante es vender, cualquier cosa, sobran las ideas relacionadas con la calidad del contenido o el aporte de una determinada obra a un área del conocimiento. El dinero que se le paga a un editor, a un lector o a un corrector bien puede ser destinado para la impresión de unos folletos, unos marcalibros o de unas postales que ayuden a la promoción de la novedad.

7. Se espera un milagro.
Y quizás lo peor de todo sea que muchos en el mundo del libro están empeñados en que las cosas cambien para mantenerse iguales. Son aquellos que hablan de Internet y de las tecnologías de la comunicación como la salvación de la industria del libro. Cada vez que se les pregunta por el porvenir hablan del Ipod de los libros y de la búsqueda de un nuevo modelo de negocio, tan ansiado e inaccesible como El Dorado, que sustituya al que se supone agotado. Otros, en cambio, partidarios de las soluciones venidas del Estado y los gobiernos, piensan que la solución es sencillamente abandonar el modelo de negocio. Es decir, que el libro, su creación, edición y comercialización, no represente un negocio para nadie. Después de todo, el conocimiento es un bien precioso al que todos deberíamos tener acceso sin traba de ningún tipo.
La situación parece compleja. Pero hay algunas prácticas que pueden llevar a resultados esperanzadores: los libreros y los editores se han asociado, hay discusiones sobre la conveniencia del precio fijo en países donde no existe la normativa, los cantos de las sirenas electrónicas han comenzado a sonar menos melodiosos y algunos han entendido que small is beautiful.

(1) Pago por adelantado sobre el porcentaje del PVP de cada ejemplar vendido que se le paga al autor.
(2) Aunque la editorial reporte la venta de una cantidad de ejemplares de un título, si pasado el tiempo los ejemplares vuelven al almacén solo se ha tenido alegría de tísico.

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