El ocaso de las librerías

17 Oct
Foto: conecta9.

No hace mucho se conoció la triste y alarmante noticia del cierre, casi simultáneo, de tres librerías en Bogotá. Lo sucedido se percibió como el síntoma de la enfermedad mortal que terminará por acabar con todas las librerías independientes no sólo de Colombia sino del mundo entero.

En El ojo fisgón, por ejemplo, se hicieron diversas propuestas entre las que destacaba una que recomendaba a los libreros que aceptarán que una librería era un negocio y que debían echar mano de las estrategias que se emplean para mantenerse con vida en los negocios, como la creatividad.

Todo me hacía pensar que ésta era la propuesta más acertada, pero la experiencia que viví recientemente en una librería independiente de Bogotá, de cuyo nombre prefiero no acordarme, me lo vino a confirmar, con la contundencia de un mazazo.



Compra frustrada

Llegué a esta librería un sábado en la tarde para distraerme un rato y ver si me topaba con algún libro de mi interés. Pero el trato del que fui objeto me disuadió de comprar una edición colombiana de la difícil de conseguir Respiración artificial. Todo empezó cuando la dueña me preguntó, al apenas entrar, que si buscaba un título o un autor en especial. Siguió con los comentarios, no solicitados, de uno de los vendedores sobre el libro que tenía en mis manos y terminó cuando me dijeron que no podía subir al segundo piso, en reorganización, para ver los libros para niños, aunque si quería me bajaban los títulos que me interesaban. Todo esto en tan solo cuarenta minutos

Sería útil preguntarle a estas buenas personas cuántos son los lectores que entran a su librería a buscar un libro o un autor específico, cuántos quieren oír hablar a alguien mientras hojean un libro o cuántos son los que, con lista en mano, pueden solicitar que les muestren los títulos que no saben que están en exhibición en los estantes de la librería.



Todos somos iguales

Tal vez la clave para entender esta misteriosa actitud de “los libreros ‛de culto‛“ se encuentre en el hecho de que, a pesar de lo que se diga, no todos los hombres somos iguales, por lo menos no ante algunos libreros. Muchas de estas personas requieren de pruebas de demuestren que el que acaba de entrar en su librería, recinto sagrado, no es uno de eso impíos veedores de televisión que lo único que busca es la novela que dio origen a la serie de las ocho. ¡Sacrilegio! Hay que demostrar que uno sabe lo que busca y que, además, está dispuesto a pagar, sin saber el precio, lo que valga ese valioso libro. Dicho de otra manera, se debe probar que se pertenece a la secta de los adoradores de los libros.

El problema con todo esto es que los lectores o compradores de libros después de tantos años de marketing, branding, merchandising y muchos otros términos finalizados en –ing están acostumbrados a otro trato, a que se les brinde la mejor atención aunque ignoren muchos datos valiosos y, al final, no se decidan a comprar nada.

Como con muchas otras prácticas y actividades de la industria del libro, el ocaso de las librerías se debe más a la mala gestión y desnaturalización de éstas que a la disminución de los lectores.

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