De editorial a imprenta o como se desvaloriza una marca

4 Oct
Foto: Olaya B.


La editorial electrónica
BookSurge quedó libre de toda responsabilidad legal por la publicación de un libro durante un juicio (Sandler versus Calcagni) en una corte norteamericana. El juez, que mostró una clara comprensión de los procesos para la publicación de un libro, dictaminó que BookSurge no debía responder ante la ley dado que no era una editorial sino una imprenta. Es decir, la autodenominada editorial no había intervenido el contenido del libro, no tenía conocimiento de la información y el tipo de aseveraciones que se hacían en el texto, simplemente se había limitado a fijarlo sobre papel.

Malas noticias
Lo que sería una buena noticia para BookSurge podría resultar una muy mala para el resto de las editoriales electrónicas. El ser llamadas y, peor aún, consideradas como imprentas resta valor al servicio que prestan, perjudicando la imagen de su marca ante los autores que contratan sus servicios. Más que limitarse a diagramar un texto, diseñar una portada e imprimir un libro, las llamadas editoriales electrónicas pretenden ser percibidas como un grupo de profesionales de la edición que, estando en conocimiento de la naturaleza del mundo del libro, asesoran a un autor sobre las mejores estrategias para hacer pública su obra. No se trata de una oferta engañosa, publicar es mucho más que diseñar el libro, mas publicar no implica editar.

Publicar no es editar
La diferencia entre publicar y editar ya era percibida en la antigüedad cuando se encargaba a estudiosos la revisión (edición) de papiros que el proceso de copiado (publicación) había contaminado con erratas. En cualquier caso, ya desde el siglo XX, la calidad de un texto se establece según el interés que alguien, distinto al autor y sus amigos, demuestra por la obra. Este alguien es un editor que llega para sustituir al librero-impresor de otros tiempos, erigiéndose como lector profesional que con cierto criterio reconoce la calidad de un texto. El prestigio del editor (el valor de su marca) se construye, entonces, sobre un pilar, su buen juicio. Esto lo lleva a comprometerse a publicar el texto de un autor si considera que éste es lo suficientemente bueno como para que el público esté dispuesto a pagar por leerlo. Pero su compromiso con la calidad del texto va más allá, el editor siente la obligación de involucrarse en la creación o mejora de éste. La edición involucra lecturas y relecturas del texto, discusiones con el autor, observaciones y sugerencias, correcciones, numerosas actividades que contribuyen a que el texto alcance su mejor nivel. Al final, de haber sido atinado su juicio y óptimo el trabajo de edición, el editor obtiene como recompensa el aumento de su prestigio y la recuperación del dinero invertido con cierta ganancia. El prestigio del editor con el tiempo se convierte en una garantía para los lectores quienes pueden estar seguros que un libro editado y publicado por este profesional es un producto que satisfará sus necesidades.
En el caso de las empresas que se dedican a la publicación electrónica, que no editan los textos que publican, éstas basan su oferta y el valor de su marca en la percepción que tienen los autores y lectores de la labor de un editor. El problema está en que estas empresas obvian la parte fundamental de esta labor: la lectura crítica del texto. Tras lo ocurrido con BookSurge las demás empresas tendrán que cambiar su estrategia de comunicación y los autores tendrán que reconsiderar la importancia de la edición.

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