Lugares comunes de la edición

6 Mar
Estatua de Flaubert en Trouville. Foto: Claudecf

Gustave Flaubert estuvo obsesionado con la estupidez a lo largo de su vida. Esto lo llevó a inventariar lo que él consideraba una de las manifestaciones clásicas de esta condición: los lugares comunes. Escuchados durantes las conversaciones con los burgueses de su época, Flaubert reunió los tópicos referidos frecuentemente y elaboró el Dictionnaire des Idées Reçues (Diccionario de Ideas Comunes o tópicos). Inconcluso, el diccionario pretendía recoger las ideas repetidas ad absurdum por los burgueses (franceses)
Pero sin necesidad de ser burgueses ni decimonónicos, los editores también tienden a emplear lugares comunes cuando hablan de la industria editorial y de su futuro.

No hay una buena red de librerías. En ninguna parte del mundo (Alemania no cuenta) parece haber suficientes librerías. Por lo menos no tantas como consideran los editores que debería haber para que se vendan los libros que han publicado y no se venden. Algunos, como André Schiffrin, han aventurado que una opción para que haya una buena red de librerías es que el Estado la constituya y la administre con criterios sin fines de lucro.

La distribución es insuficiente. No hay distribuidores (menos en Alemania) que cuenten con la infraestructura, la capacidad, la logística y las ganas de distribuir los libros a todos los rincones del país en donde se encuentran librerías y lectores ávidos de libros y lectura.

Los agentes de la industria del libro no llegan a un acuerdo. Libreros, editores, impresores, distribuidores no se ponen de acuerdo respecto al establecimiento del precio fijo, la organización de una feria, la promulgación de leyes y normativas que beneficien a la industria, o el apoyo a programas estatales relacionados con el fomento de la lectura y el apoyo a la industria.

Se debe promocionar la lectura. Si no hay lectores no importa qué tan bueno pueda ser un libro, pues no habrá a quien le interese leerlo. Ahora bien, a los editores no le corresponde diseñar ni desarrollar planes de promoción de la lectura. Lo que sí les toca hacer es editar libros de calidad que formen, informen y entretengan a los lectores que ya existen. ¿A quién le toca promocionar la lectura? Al Estado, a la sociedad, a la familia, quienes pueden solicitar el concurso de los editores como socios. El mercadeo o los planes de comunicación de una editorial no califican de plan de promoción de la lectura.

La gente no lee. Un editor publica un libro y no se vende. Lo cual lo hace pensar, inmediatamente, que hay pocos lectores. Sin embargo, cuando se publica un libro que se vende mucho, ello no significa que haya muchos lectores sino que los no lectores se han dignado por vez primera, probablemente, a leer. ¿Será que el libro en cuestión no era bueno o que no hay lectores para ciertos libros?

Las nuevas tecnologías ofrecen grandes oportunidades de negocio para la edición de libros. Esta idea es realmente tentadora pero para que se materialicen los beneficios del uso de las nuevas tecnologías por parte de los editores, éstos tienen que empezar por dar con un modelo de negocio que les permita ganar dinero, por ejemplo, colocando el contenido de sus libros en Internet. Habrá que esperar a que Bill Gates le dé por editar libros para que le revele para sus compañeros el negocio oculto detrás del uso las nuevas tecnologías.

La edición por demanda será una alternativa en poco tiempo para publicar los libros de escasa demanda. Es mucho el dinero que puede ahorrar el que apuesta por la publicación de un título por demanda (on demand), ya que este costo será cancelado por el lector que solicite la impresión del ejemplar. Pero ¿quién costeará el trabajo del autor, del editor, del corrector y del diseñador? ¿O es que lo que se pague por un libro impreso por demanda ser á suficiente para cancelar las regalías y los honorarios de los involucrados?

El fin de los libros se acerca. Puede que ocurra, pero mientras tanto hay que seguir trabajando para que los lectores no dejen de leer ante la ausencia de libros de calidad. Tal vez primero la humanidad acabe con todos los árboles, y ya no habrá papel, o desparezcan los editores, pues nadie querrá tener un trabajo tan poco glamoroso y preferirá perseguir la fama y la fortuna.

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