Los libros como medio para la enseñanza de valores

1 Nov

Respecto a la enseñanza de los valores, hace mucho que se viene hablando de la crisis o la pérdida de estos en nuestra sociedad. Este lamento se repite como un mantra con la esperanza de que de tanto repetirlo un buen día volvamos a tener valores. Mientras no los recuperemos o vuelvan a la normalidad nos dedicamos a pensar en qué podemos hacer para que los niños y los jóvenes, los hombres del futuro, crezcan teniéndolos. Y qué mejor medio para ello que los libros. Éstos, se cree, ofrecen entretenimiento a los niños y jóvenes haciendo que cualquier mensaje que contengan les llegue con mayor facilidad, como quien no quiere la cosa.
No obstante, el de los valores perdidos definitivamente es un falso reclamo. Esto se entiende fácilmente cuando, siguiendo la recomendación de Quino, el creador de Mafalda, se lee el Antiguo Testamento y uno se tropieza con historias como la del susodicho Caín. Esta demuestra que el mundo siempre ha tenido problemas –se podría decir que incluso ha mejorado un poco– y que los valores siempre han estado en crisis. En la Antigüedad, además de vacaciones y seguridad social, escaseaban los valores tanto como en la actualidad.
Ser perseverante, respetuoso, responsable, solidario, tolerante o poseer cualquiera de los otros tantos valores –son como veinte– que se consideran necesarios para que los niños se conviertan en hombres y mujeres de bien no sólo parece ser una tarea difícil en grado superlativo sino que no parece que sea algo que se pueda esperar que consigan los libros. Resulta difícil imaginar que sólo porque un lector joven lea un cuento en el que se exalte la importancia de la tolerancia inmediatamente comenzará a ser tolerante con los otros. Si instituciones tan antiguas como la Iglesia o, con mucho menos años, como la escuela no han logrado que todos y cada una de las personas que han pasado por su manos posean una comportamiento intachable, mucho menos los libros lo lograrán, con todas sus limitaciones y fallas. De nuevo las personas están esperando demasiado de los libros. Además, no debe perderse de vista que no hay nada más aburrido y molesto que toparse con una obra literaria o cualquier texto que pretenda aleccionarnos o hacernos tragar unas pastillitas de moral. Así no sólo no se consigue transmitir valores sino que también se daña a la literatura, al libro y a cualquier interés que se pueda sentir por estos.
En este momento puedo escuchar la voz preocupada de una madre preguntándose: “si los libros no enseñanza valores, entonces, ¿qué enseñan? Entre las posibles respuestas se encuentra aquella de que los libros sirven para enseñar matemáticas, geografía, historia y todos los temas y objetivos del currículo educativo que esté en boga. Claro, queda implícito que también enseñan a leer. Pero realmente la respuesta es que los libros no enseñan nada, pues no tienen como función u objetivo enseñar algo. Queda de parte de cada lector aprender o no algo del libro que está leyendo.
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