Los libros como productos de entretenimiento

19 Oct
Foto: eyestalk

Si pensamos que los libros para niños son parte de la gran oferta de productos que lanza al mercado todos los años la industria del entretenimiento en el mundo, estamos en la obligación de aceptar que el libro debe competir con los videojuegos, los DVD’s, los productos I (ai): Ipod, Iphone, Internet y su versión 2.0: emails, chats, blogs, wikis, redes sociales y cualquier otra cantidad de artículos, en su mayoría, electrónicos o de tecnología de punta. Lo cual en principio no es un problema, pues todos los llamados bienes culturales: presentaciones teatrales, conciertos, exposiciones, películas, foros y pare usted de contar, al igual que los libros, compiten entre sí por la preferencia del público, produciéndose la conocida ecuación público limitado, oferta ilimitada. El problema está en cuando se pretende que los libros compitan dentro de la categoría Entretenimiento ya que esto significa que los libros –al igual que las editoriales y los editores– deben jugar según las reglas que esta categoría impone. Así, un buen día un texto deja de ser de calidad, digno de ser publicado y carece –por supuesto– de atractivo comercial debido a que no está concebido para que su trama se desarrolle a lo largo de varios volúmenes –siete sería un buen número–, su protagonista y personajes principales no son niños o adolescentes con los que se puedan identificar de inmediato los jóvenes lectores y –que el cielo no lo permita– no ofrece la posibilidad de vender derechos subsidarios ya no sólo para la filmación de la película sino para que se desarrolle, a partir de su trama o personajes, una mercadería rica y variopinta compuesta por gorras, franelas, llaveros, álbumes de barajitas, joyería y demás accesorios. Uno de los objetivos que deben cumplir todos los libros que se pretenden que sean productos para entretener es que generen una serie de negocios u oportunidades de negocio, satisfaciendo cabalmente las exigencias de la categoría a la que pertenecen.
Igualmente, el libro comienza a ser evaluado en términos de interactividad y, seguramente, de conectividad con otros accesorios. Si el reproductor de mp4 o el teléfono celular puede conectarse con la consola de videojuegos permitiéndole al usuario descargar o cargar la banda sonora de su videojuego preferido, ¿qué es lo que puede hacer de entretenido un texto que viene en un formato anticuado como el del libro y que al ser del todo analógico no permite conectarse con otros dispositivos o gadgets? Además –como si fuera poco– el libro como es un producto de entretenimiento, debe, por lo tanto, “entretener” al niño o joven. Es decir, debe mantenerlo a raya, ocupado por un largo rato para que los padres tengan oportunidad de descansar, leer la prensa o dedicarse a menesteres de adultos. Pues tal parece que la idea de entretenimiento que se ha ido desarrollando en nuestra sociedad en los últimos años apunta a que el entretenerse –por lo menos entre niños y jóvenes– tiene como fin último alcanzar una suerte de trance o estado catatónico. Quizás tratando de imaginar adónde puede llevarnos esta tendencia, M. T. Anderson relata en su novela Gravedad cero cómo en el futuro todos los humanos –que tengan el dinero suficiente– podrán tener implantado en su cerebro un microprocesador que les permitirá estar conectados a Internet –tal vez en su versión 3.0– y así podrán descargar archivos de cualquier formato y recibir información de todo tipo, especialmente sobre nuevos productos y ofertas disponibles. Incluso, para que no se diga que todo es dinero, se podrán compartir las experiencias y recuerdos enviándolos como archivo adjunto a los familiares y amigos para que estos puedan vivir lo mismo que el remitente. Aunque poco agradable, esta interpretación de nuestro futuro como completamente consumista y entregado al entretenimiento desenfrenado no es para nada descabellada e infundada. Como dice Jostein Gaarder la nuestra es una “civilización postmoderna, globalizada y basada en redes cuyos habitantes son prácticamente inducidos al entretenimiento de fácil acceso y donde la cultura, en gran medida, se ha convertido en un artículo de consumo internacional”. Después de todo no sólo los libros son tratados como “artículos de consumo”, también lo son las otras manifestaciones de nuestra cultura.
Independiente de adónde lleguemos como sociedad los libros no son productos para el entretenimiento, por lo menos no de ese entretenimiento que nos deja más vacíos que llenos.

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