Los libros como artículos de primera necesidad

19 Oct

Para muchos resulta obvio que los libros son fundamentales para el desarrollo de cualquier persona, sobre todo para el de los niños. Piensan que ésta es una verdad como que el Sol sale por el Este y se pone por el Oeste al punto de que no debe ser puesta en duda y tampoco amerita ser explicada o defendida, es un dogma.
Según este dogma, los libros producen el mismo efecto balsámico que el agua y que nos ayudan a mantenernos saludables de la misma manera que el consumir vegetales. Si bien, por una parte, se trata de una visión positiva y reconfortante de los libros, por otra, termina siendo una mirada estereotipada e intolerante que pretende obviar una parte de la realidad. Esa realidad que nos dice día a día que las personas que no leen también pueden llevar una vida normal y que no sólo aquellas que leen pueden ser calificadas de buenas, inteligentes o felices sino que aquellos que no leen –y que tal parece son mayoría– también pueden ser buenos, inteligentes y hasta felices. Como dice la canción nadie se muere de amor, pero mucho menos se muere por no leer. Si la vida no depende del amor, por qué va a depender de los libros. Y qué alivio porque con este estilo de vida acelerado que casi todos llevamos –y que no nos deja mucho tiempo para leer– es bueno saber que el dejar de leer un libro no se suma a las causas de nuestros males.
La falta de libros y de lectura no contribuye necesariamente a aumentar nuestros males, mas su abundancia tampoco neutraliza del todo los problemas que nos aquejan. La historia ha demostrado que lamentablemente los libros no son un antídoto efectivo para enfermedades como el odio y la intolerancia. Episodios como el ocurrido el 10 de mayo de 1933 en la plaza Bebel de Berlín cuando los nazis quemaron libros de Heinrich Heine, Thomas Mann, Karl Marx y Sigmund Freud por considerarlos peligrosos o el que acaeció cincuenta y cuatro años más tarde, durante la dictadura de Augusto Pinochet, cuando se quemaron miles de ejemplares de Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile prueban que leer, mucho o poco, no es el camino seguro a la salvación de nadie. Como se ha repetido hasta el cansancio, el pueblo alemán era considerado el vivo ejemplo de lo mejor de la cultura europea para el momento en que los nazis, con Hitler a la cabeza, llegaron al poder. Por su parte, el pueblo chileno con poetas como Gabriela Mistral y Pablo Neruda no podría ser considerado como un pueblo inculto que estuviese enemistado con los libros.
Estos trágicos episodios de la historia universal de la destrucción de libros también prueban que las personas, para bien y para mal, esperan demasiado de los libros, los consideran –y aun es así– objetos mágicos o sagrados capaces de beneficiar o perjudicar de múltiples maneras a aquellos que entran en contacto con ellos. Así, un católico practicante no se atrevería a tener en su biblioteca una edición del Manifiesto Comunista o un comunista una de la Biblia por temer a sus efluvios. Sucede lo mismo o incluso con mayor intensidad con aquellos que al no ser destinados o clasificados como libros para niños y jóvenes no pueden o no deben ser leídos por estos pues se corre el riesgo de que los jóvenes lectores sean “dañados” por estos libros inapropiados.
Esta visión, que puede considerarse beneficiosa para los libros y para los que se dedican a crearlos –autores y editores– porque les confiere un gran poder y una influencia sobre las personas y la realidad, no deja de ser ingenua y poco conveniente para los libros y su promoción. Sin ir muy lejos, simplemente pensar que los libros son artículos de primera necesidad –como la comida, las medicinas o los servicios públicos– cuyo uso y función no necesita ser ni explicado ni promocionado es tan peligroso como considerarlos una varita o una pócima mágica. Cuando se asume esta postura se piensa que los lectores están en la obligación o necesidad de recurrir a los libros, que los buscarán sedientos de aquello que sólo los libros pueden ofrecer, descuidándose el trabajo de reunir a los libros y a sus potenciales –pero nada seguros– lectores. Se confía en que editar un libro –sólo por pensar en los editores– es suficiente, que dada la proeza que ello significa los lectores, agradecidos, deberán interesarse por la obra publicada sin plantearse que el libro debe ser de calidad para que alguien se interese por él.
La verdad es que los libros no son indispensables para la vida, como lo son el agua y el oxígeno, pero sí ayudan a que ésta sea un poco mejor de lo que es. De todas maneras, quisiera otorgarle el beneficio de la duda a Jostein Gaarder cuando afirma que “resulta claro que los niños en etapa de crecimiento seguirán deseando tener libros y sintiendo necesidad de ellos. Incluso es posible predecir que en los tiempos venideros la necesidad del niño por los libros será mayor que nunca”, pero el que los niños necesiten libros no significa que no haya que esforzarse para que esa necesidad se transforme en una acción, la de leer. El acto de leer busca satisfacer una serie de necesidades que también pueden ser satisfechas por otras acciones, si la lectura no se encuentra disponible. A este respeto los editores tenemos la obligación de hacer mejores libros, libros que sean necesarios no porque resulten ser, por ejemplo, una incomparable herramienta para la alfabetización sino por muchas otras razones.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: