¡Qué con la digitalización!

27 Jul
Foto: electro_cuties

¡Todo tiene que desaparecer!
Todo tiene que desaparecer.
Todo tiene que desaparecer.
M. T. Anderson
La revolución electrónica
Es el 2027. Los avances en conectividad y almacenaje de información han rebasado todas las expectativas. Bluetooth® ha sido superado como estándar para la transmisión de voz y datos; el microprocesador Core Duo® de Intel también ha sido dejado atrás. Antes desaparecieron los cables, ahora han desaparecido todos los dispositivos. No es que ya no sean necesarios, al contrario. Como la energía eléctrica o el agua corriente, han llegado a ser parte indispensable de la vida humana, tanto que ya nadie se pregunta por ellos ni por la información que captan y trasmiten. Gracias a la tecnología todos los humanos (que puedan pagar) tienen implantado en su cerebro un microprocesador que les permite estar conectados a Internet. Pueden bajar música, ver videos, chatear y adquirir cualquier bien o servicio sólo con pensarlo; los ojos (su lado interno) sirven de pantalla. Hasta pueden enviar experiencias y recuerdos en un archivo adjunto a los familiares y amigos para que estos puedan vivir lo mismo que el remitente. Pero el mayor avance logrado es que cualquiera puede acceder a toda la información existente sobre todas las disciplinas del saber humano.
Veintitrés años antes Google inició la digitalización de los libros de las principales bibliotecas de investigación de Estados Unidos. Poco tiempo después, comenzó a digitalizar todos los libros que habían sido publicados hasta que, como se venía profetizando, colocar información en un dispositivo de vieja generación, con tan poca conectividad y nada flexible como un libro perdió sentido.
Esta visión del futuro, inspirada por M. T. Anderson, si bien es poco auspiciosa, hace parte del ideal con el que muchos sueñan: tener al alcance de un pensamiento todo el conocimiento acumulado por la humanidad a lo largo de su historia. Pero también se asemeja a la pesadilla de los antiguos que rechazaron la invención de la escritura y del libro por considerar que estos contribuirían a atrofiar las cualidades intelectuales de los humanos. Es cierto, se equivocaron en sus predicciones. La facultad humana de almacenar, conservar y reutilizar información no desapareció. Tampoco la imaginación, la creatividad y otras facultades disminuyeron; aumentaron seguramente. Pero quizás lo que aquellos intuían era que con el tiempo las personas le darían mayor importancia a la forma y menos valor al contenido.
El arca virtual. ¡Sólo Dios la hundirá!
Cuando se habla de la digitalización de todos los libros publicados, se habla en términos mesiánicos. La publicación incesante de libros, similar a una lluvia torrencial, ha comenzado a anegarlo todo amenazando con sepultar bajo las aguas valiosas obras del ingenio y todas las singulares ideas que éstas contienen. Google, superando en habilidad y recursos al viejo Noé, ha decidido llenar su arca virtual no con una pareja de cada especie, sino con todos y cada uno de los especímenes del ecosistema editorial.
Pero ante este loable gesto surgen varias interrogantes. La primera de ellas es ¿será cierto que se digitalizarán todos los libros publicados en el mundo? Para lograr este cometido se necesitaría contar con un registro pormenorizado de todos los libros publicados en el mundo entero y en todos los idiomas. Se cuenta con la ayuda de las bibliotecas y la complicidad de las editoriales para ello, pero ¿qué sucederá con las editoriales cuyos libros, por una u otra razón, no se encuentran registrados en una base de datos? Queda confiar en el interés (y en los recursos) del editor o del autor de que sus libros formen parte de la gran biblioteca universal. Sin embargo, da la impresión de que serán muchos los autores y más las obras que se extraviarán en caminos largos y polvorientos.
A propósito de los posibles extravíos surge otra duda. Una biblioteca en la que en principio entrarán sólo los libros de los que se tenga conocimiento formal, ¿será verdaderamente universal? Es muy probable que esta biblioteca termine por reproducir las relaciones desiguales de poder que se dan entre los diferentes países del mundo, como la renombrada relación centro-periferia. Entonces, la biblioteca universal estará compuesta, de mayor a menor, por libros en inglés, en alemán, en francés y en español. Aunque si se sacan cuentas es probable que la conformación sea distinta y que la biblioteca universal esté compuesta mayoritariamente por libros en chino y en hindi. Lo cierto es que no está claro para nadie a qué idiomas y a que culturas hace referencia la palabra universal cuando se profiere; paradójicamente esta palabra tiende a excluir más que a incluir
Pero las dudas no se agotan. Una de las principales motivaciones para digitalizar todos los libros publicados en la historia es rescatar del olvido los títulos que han dejado de ser reimpresos por sus editoriales originales y que no pueden ser reeditados por otras a causa de las limitaciones que imponen los derechos patrimoniales o el copyright. Según Kevin Kelly estos representan un 75 por ciento del total de libros publicados, frente al 15 por ciento que corresponde a las obras de dominio público y al 10 por ciento de títulos que están activos en los catálogos editoriales. Si una editorial deja de publicar un libro porque ha resultado un negocio poco rentable, ¿por qué evitaría que otra editorial lo publicara?, ¿qué perdería con ello? Tal vez Kelly no está tomando en consideración una ley que influye de una manera decisiva en el mercado editorial, más que en cualquier otro, la ley de la oferta y la demanda.
Internet, el cielo de los libros
Un libro puede contar con un contenido de calidad, un formato de primera, una distribución adecuada, un precio asequible, y aún así no venderse ni en términos relativos ni en términos absolutos. Lo peor es que puede pasar el tiempo y no llegar a saberse a ciencia cierta por qué el libro no se convirtió en el best-seller anunciado. Dicho de otra manera, muchas de las obras que han visto la luz para luego hundirse bajo espesas capas de oscuridad simplemente no les han interesado a los lectores. Y esto no es una tragedia, es simplemente la naturaleza del libro y la lectura.
Precisamente en Internet, paraíso en el que se cree que volverán a la vida los libros difuntos, los internautas han entendido que ni siquiera la red de redes, con su comunidad de millones de internautas y miles de millones de enlaces, puede dar cuenta de toda la información y el conocimiento que se acumula diariamente. Hace falta alguien que seleccione y recomiende. Iniciativas como menéame y 11870 (en español) y del.icio.us y digg (en inglés) son la prueba de que los internautas consideran de mayor provecho navegar empleando una carta trazada por otros que simplemente dejarse guiar por los enlaces del firmamento y flotar. Y aquí es donde se ve cómo la tecnología tiende a imitar a la naturaleza o cómo la forma que tiene el hombre de relacionarse con el conocimiento no variará porque éste se encuentra en un libro impreso o en uno digital.
Ante la imposibilidad material de cerciorarse por sí mismo de la veracidad de toda información, de la belleza de toda obra, de la rigurosidad de toda investigación el lector (o internauta) confía en el juicio experto de un profesional. Este profesional es un editor cuyo perfil y conjunto de intereses conforman un criterio que se hace evidente a medida que éste publica o recomienda la lectura de un determinado libro.
El que ciertos libros hayan dejado de ser reimpresos o reeditados en favor de otros no es un defecto del mercado editorial o una falla de los editores, se trata simplemente de un proceso natural de decantación. Tal como sucede con las tortugas o las neuronas del cerebro, existe una redundancia de obras que permiten que a larga, a pesar de todos los obstáculos y amenazas, los lectores tengan acceso a cierta información y conocimiento. Al final de cuentas, el recuerdo no es la negación del olvido; el recuerdo es una forma de olvido.
Coda
El que haya libros que ya no se consigan o que sean difíciles de ubicar, no significa que ese conocimiento se haya perdido. El que en un libro impreso no haya la posibilidad de hacer clic sobre el título de una obra para enlazarse con ésta, no significa que no exista un vínculo entre un contenido y otro. El que no se pueda cortar y pegar un fragmento de texto de una obra, no significa que ésta no termine formando parte de otra más adelante. El que se tengan virtualmente al alcance de la mano todos los libros publicados durante los últimos quinientos años o más, no significa que se sea más sabio que cuando se entra a una biblioteca de modestas dimensiones.
*Este texto fue publicado en el número 2 de la revista Trama y Textura.
Anuncios

2 comentarios to “¡Qué con la digitalización!”

  1. preguntón 28/07/2007 a 4:46 am #

    vos nunca visitás bitacoras, ni comentás post, ni na de na, que feo. para que sos bloguer?

  2. Leroy Gutiérrez 28/07/2007 a 6:44 am #

    Jajaja. Preguntón, sé que no soy el blogger más responsable, pero tampoco creo que se pueda decir que jamás visito bitácoras, ni comento post “ni na de na”. Creo que es fácil revisar mi blog y tropezarse con algunos post en los que listo una serie de blogs que me parecen sumamente interesantes y que hablan sobre libros y edición. De todas maneras, siempre puedo visitar más blogs y comentar más posts.

    Saludos,

    Leroy

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: