El difícil arte de editar literatura

5 Abr
Algunas páginas del original de Por el camino de Swann con correcciones de Proust.
Lo extenso del manuscrito más las numerosas (e ininteligibles)
correcciones del autor hicieron que Gide lo rechazara.

En mayo se cumplirán cuarenta años de la publicación de Cien años de soledad. Tras vender más de 30 millones de ejemplares y ser traducida a unos cincuenta idiomas, no cabe la menor duda de que cuando esta obra llegó a manos del editor Francisco Porrúa exhibía unas cualidades que lo convencieron de inmediato de publicarla. El mismo Porrúa ha aclarado que él no hizo ningún descubrimiento y que su decisión no fue nada difícil, ¿cómo no publicaría una obra de tanta calidad? Además ya conocía el trabajo de García Márquez. Al parecer lo verdaderamente complicado fue lograr que el escritor le enviara el manuscrito completo de su novela, pues no le alcanzaba el dinero para enviar el voluminoso paquete desde Colombia a Argentina.
Contada de esta manera, la historia de cómo Cien años de soledad fue publicada hace cuatro décadas por la Editorial Sudamericana puede hacer creer a muchos que publicar literatura es, dentro de la edición, uno de las ocupaciones más sencillas a la vez que la más placentera que hay por carecer de contratiempos. Pero si bien editar y publicar literatura, en todos sus géneros, es una de las tareas más satisfactorias que puede realizar un editor de libros ésta no es para nada sencilla. Al contrario, trabajar con literatura es un oficio arduo, lleno de sinsabores y, sobre todo, de incomprensión. En la industria editorial de habla hispana, por ejemplo, no se entiende para qué puede ser necesaria la participación de un editor en la publicación de una obra literaria. Como lo afirmó la editora colombiana Margarita Valencia en una entrevista en El malpensante:


creemos que si alguien, tocado por la inspiración, produjo un texto, no se debe intervenir y así tal cual se debe publicar –a lo más se le hace una corrección ligera–. Pero creo que el editor tiene la obligación de hacer que la obra de un autor llegue de la mejor manera posible al lector, y eso supone, en un momento dado, decirle abiertamente al autor que su obra tiene problemas de estructura, de redacción, que le sobra una parte, que le hace falta un capítulo.

Por supuesto, los editores también se equivocan al hacer su trabajo, sobre todo cuando se trata de una tarea tan compleja como evaluar la calidad de una obra. Es célebre la anécdota que cuenta cómo En busca del tiempo perdido (las primeras novelas) de Marcel Proust fue rechazada por André Gide, escritor y miembro del comité editorial de la NRF. Gide leyó el extenso manuscrito a petición de Gastón Gallimard quien, al frente de la NRF, lo había recibido de manos del mismo Proust. Pero Gide y Gallimard no fueron los únicos en equivocarse respecto a esta obra.
Bernard Grasset, el editor a quien decidió acudir Proust tras el rechazo de la NRF, aceptó publicar la obra pero con la condición de que la inversión la hiciera el autor. Gracias a esto Gallimard pudo recuperar En busca del tiempo perdido y, de paso, enmendar su error. Según León-Pierre Quint, Gide llegó a escribir una carta a Proust en la que le decía (con una buena dosis de melodrama):

El rechazo de su libro permanecerá como el más grave error cometido por la NRF y (puesto que me avergüenzo de ser muy responsable de ello) uno de los pesares, de los remordimientos más agudos de mi vida.

Tal como lo dijo el mismo Porrúa en alguna entrevista, no existen reglas por las que se pueda guiar un editor para determinar si un texto es publicable o no; mucho menos si se trata de literatura. La mejor guía, a fin de cuentas, será la impresión que el texto deje en el editor cuando lo lea. Si el texto logra sorprenderlo, quizás entusiasmarlo, entonces es un texto con la calidad suficiente como para apostar por su publicación. Al final de cuentas, cuando se publican libros lo único que importa es la calidad.

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