El libro y la revolución electrónica

31 Mar
Foto: Andrew Mason

¡Todo tiene que desaparecer!
Todo tiene que desaparecer.
Todo tiene que desaparecer.
Es el 2027. Los avances en conectividad y almacenaje de información han rebasado todas las expectativas. Bluetooth® ha sido superado como estándar para la transmisión de voz y datos; el microprocesador Core Duo® de Intel también ha sido dejado atrás. Antes desaparecieron los cables, ahora han desaparecido todos los dispositivos. No es que ya no sean necesarios, al contrario. Como la energía eléctrica o el agua corriente, han llegado a ser parte indispensable de la vida humana, tanto que ya nadie se pregunta por ellos ni por la información que captan y trasmiten. Gracias a la tecnología todos los humanos (que puedan pagar) tienen implantado en su cerebro un microprocesador que les permite estar conectados a Internet. Pueden bajar música, ver videos, chatear y adquirir cualquier bien o servicio sólo con pensarlo; los ojos (su lado interno) sirven de pantalla. Hasta pueden enviar experiencias y recuerdos en un archivo adjunto a los familiares y amigos para que estos puedan vivir lo mismo que el remitente. Pero el mayor avance logrado es que cualquiera puede acceder a toda la información existente sobre todas las disciplinas del saber humano.
Veintitrés años antes Google inició la digitalización de los libros de las principales bibliotecas de investigación de Estados Unidos. Poco tiempo después, comenzó a digitalizar todos los libros que habían sido publicados hasta que, como se venía profetizando, colocar información en un dispositivo de vieja generación, con tan poca conectividad y nada flexible como un libro perdió sentido.
Esta visión del futuro, inspirada por M. T. Anderson, si bien es poco auspiciosa, hace parte del ideal con el que muchos sueñan: tener al alcance de un pensamiento todo el conocimiento acumulado por la humanidad a lo largo de su historia. Pero también se asemeja a la pesadilla de los antiguos que rechazaron la invención de la escritura y del libro por considerar que estos contribuirían a atrofiar las cualidades intelectuales de los humanos. Es cierto, se equivocaron en sus predicciones. La facultad humana de almacenar, conservar y reutilizar información no desapareció. Tampoco la imaginación, la creatividad y otras facultades disminuyeron; aumentaron seguramente. Pero quizás lo que aquellos intuían era que con el tiempo las personas le darían mayor importancia a la forma y menos valor al contenido.
Leroy Gutiérrez
Éste es un fragmento de ¡Qué con la digitalización!, texto que será publicado en el próximo número de Tramas & Texturas.
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