Reseñas y libros recomendados

30 Sep


Hace poco una amiga (¡Hola May!) me socilitó que publicará una reseña del libro Los demasiados libros, de Gabriel Zaid. Aunque todavía no lo he hecho, prometo que entre mis planes se encuentra reseñar todos los libros de la lista de libros sobre edición y editores que publicara hace algún tiempo. Por lo pronto, ofrezco (brevemente) mi parecer acerca de algunos de los libros de la lista.

Los demasiado libros. Precisa y aguda reflexión sobre los factores que entran en juego a la hora de tomar la decisión de publicar un libro. Escrito de manera impecable, Zaid hace gala de un pensamiento refinado y erudito. Después de leer este libro se supera la angustia por “todos-libros-que-hay-por-leer” y se entiende que “más” no siempre es mejor.
Gastón Gallimard. Esta biografía del gran editor francés está escrita como una entretenida novela. Llena de grandes personajes, anecdotas e historias divertidas, la vida del Gallimard, narrada por Pierre Assouline, es un compendio de lecciones, una suerte de curso para aquellos que están interesados en el mundo de la edición y sus peculiaridades. Entre los fascinantes sucesos narrados en este libro se encuentra el del rechazo del manuscrito de En busca del tiempo perdido de Proust por parte de André Gide y el enfrentamiento entre el editor Pierre-Victor Stock y el escritor Georges Darien.
Memorias. Este libro, que no se encontraba en la lista de libros recomendados, reúne la obra memorialística del editor catalán Carlos Barral: Años de penitencia, Los años sin excusa y Cuando las horas veloces, lo que permite conocer sus innumerables aventuras como editor. Una cita, escogida al azar pues acabo de comprar el libro, dice:
“El libro incómodo no se deja leer demoradamente, reclama un examen apresurado, una presencia urgente que se contagia, casi como un hábito, a toda relación con la letra impresa, pervierte la sensualidad de la lectura casi de un modo general y rompe poco a poco el hábito de visita al texto de recurso frecuente, al volumen del que hemos llegado a amar las guardas, a añorar la tipografía”. Los libros forzosos -y aquellos huéspedes quedones lo eran en cierto modo- pervierten una relación natural, constituida a lo largo de la educación literaria. Progresivamente, el entorno libresco de la intimidad se fue haciendo antipático”.
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