El hombre del microscopio

16 Jun
Rodrigo Fresán
Uno de los misterios más interesantes, uno de los fenómenos más apasionantes a la hora de investigar y de destilar una vida, es el misterio de la vocación. Ese instante en el que el pasado y el presente y el futuro son una sola cosa y nos sentimos dueños y autores y, también, editores de nuestro destino.
La vocación como eso que uno dice querer ser –algo que en principio es una pura fantasía– y que, si hay suerte, se realiza. Y dentro del enmarañado y salvaje bosque de las vocaciones, hay una que siempre me resultó tan fascinante como enigmática: la vocación de editor. Vocación que es similar, supongo, a la profesión de médium. Un editor es un intermediario entre el fantasma de un escritor y el lector vivo. O entre el lector muerto y el escritor inmortal. Algo así. Una cosa es cierta, innegable: como suele ocurrir con los médiums, existen muy pero muy pocos editores que posean el don de ver más allá y de contemplar el Más Allá. La mayoría, se sabe, utilizan trucos de luces y de sombras para mentirles a seres más que dispuestos a ser engañados. Todo esto para decir que Francisco Porrúa es uno de los contados médiums auténticos que yo conozco. Los buenos editores –los editores auténticos–, en lugar de hablar con los espectros hablan con los escritores. En ocasiones, hasta son poseídos por esos escritores y se fingen dominados para, en realidad, orientar mejor al fantasma perdido en ese otro mundo ectoplasmático que es todo libro mientras está siendo escrito, cuando ya existe pero todavía no es sólido, cuando no es materia de este mundo sino material del otro.
Ignoro qué es lo que llevó a Porrúa a convertirse en médium o cuándo decidió ser editor (tal vez él pueda explicarlo, tal vez prefiera no revelar su secreto); pero como escritor creo entender bien el placer único de dedicarse a invocar libros: ¿por qué conformarse con ser uno cuando se puede ser varios? En ese sentido, los escritores que nos sabemos lectores que escriben no podemos dejar de sentir cierta sana envidia: ser editor es asumirse como un súper-lector que, además, goza del raro privilegio de poder intervenir con justicia en la escritura de los otros sin por eso verse obligado a sufrir las agonías del “no se me ocurre nada” o “se me ocurren demasiadas cosas”.
Lo que, claro, me obliga a mencionar –pero no insistiré demasiado en ello ya que, seguro, otros se harán cargo de la cuestión– que Porrúa leyó y vio de cerca los históricos y contundentes manuscritos de Rayuela y Cien años de soledad. Lo que convierte a Porrúa en lo más parecido que tuvo la literatura latinoamericana a un Maxwell Perkins: aquel silencioso y certero editor que supo intersectar a Francis Scott Fitzgerald y a Ernest Hemingway y, además, ya que andaba por ahí, a Thomas Wolfe.
Hablaré, en cambio, de otros aspectos menos frecuentados a la hora de destilar la vida y obra de Porrúa. Prefiero señalar un aspecto poco mencionado que es la faceta de Porrúa como traductor, que no es otra de las posibilidades de ser escritor y, como todos saben, Ray Bradbury suena mucho mejor en español que en inglés porque en español tenía un socio silencioso que es aquel a quien hoy homenajeamos. Me consta que Porrúa ha llegado a traducir un libro hasta tres veces, y que no conforme con eso lo ha ido corrigiendo a lo largo de las ediciones por el sólo placer y responsabilidad de hacerlo y porque así se lo imponía la busca persistente de una palabra justa que no se le escapó nunca por demasiado tiempo. Otra vez, lo del principio: Porrúa y su mujer Marcy son súper-lectores; lo que los convierte, también, en lectores implacables y más que dignos de ser temidos. Si Paco y Marcy fueran personajes de un western no me cabe duda de que serían esos dos que, cuando entran al ruidoso saloon de una ciudad como Tombstone, conseguirían en un segundo ese silencio entre reverencial y aterrorizado. Su puntería es perfecta y no hay errata o error que se les escape. Hablaré también del catálogo que ha sabido construir Porrúa a lo largo de los años –un catálogo es, antes que nada y después de todo, la obra y la autobiografía de un editor– y que son algunos de los libros sin los que yo no podría escribir. O vivir, que es lo mismo. Y porque los siento libros de Porrúa, mencionaré sus títulos y no a sus autores. Y aquí vamos: El hombre en el castillo y Valis, Crash y La exhibición de atrocidades, Más que humano y Los cristales soñadores, Crónicas marcianas y El país de octubre (que implantó en mi cabeza de siete años la obsesión con las momias de Guanajuato), Las sirenas de Titán, Gormenghast, Soy leyenda, El programa final, La intersección de Einstein, y, por supuesto, El señor de los anillos, que Porrúa tradujo. Supongo que mi participación en la mesa de este homenaje se debe a que conozco a Porrúa –quien ahora se convierte en Paco– desde hace mucho; desde esa época que es la infancia y que, con el tiempo, va adquiriendo la inequívoca textura de un sueño despierto. Los sueños y los recuerdos –se comprende esto leyendo En busca del tiempo perdido y El gran Gatsby, dos de las novelas favoritas de Porrúa– son los dos métodos más poderosos que utiliza la mente para investigarse a sí misma. En realidad, los sueños y los recuerdos son las herramientas que utilizamos para editar nuestras existencias: para corregir, tachar, reescribir, anotar algo en sus márgenes. Unos y otros están suspendidos de nuestro presente, pero mientras que los recuerdos se preocupan por redactar lo que fue, los sueños apuestan a lo que pudo haber sido. Así, a la hora del recuerdo, yo puedo rescatar algunos momentos donde el pasado de Porrúa se cruza con el mío y así vuelvo a verlo o a leerlo o a escribirlo regalándome la colección completa de la revista Monsters, y así vuelve a intrigarme ese pedazo de roca volcánica que tenía en su casa y que a mí me remitía inevitablemente a El color que cayó del cielo, de Lovecraft. Pero lo que más y mejor invoco es un episodio donde el recuerdo de lo que ocurrió se funde con el sueño de lo que pudo haber sucedido. Recuerdo que yo debía de tener unos siete años, que ya escribía cuentos fantásticos (pero no muy fantásticos), y que me encontraba de pie en una cama empuñando unos prismáticos de plástico de muy poco alcance y que los apuntaba hacia abajo, hacia la manta, y que estaba seguro de poder contemplar con ellos un nuevo e invisible mundo de microbios y de criaturas de ciencia-ficción. Recuerdo que Paco pasó frente a la puerta abierta de mi cuarto y que yo lo llamé para que fuera testigo de semejantes maravillas que, claro, estaban sólo en mi imaginación y en mi necesidad de que fueran ciertas. Y recuerdo que Paco primero se prestó a mi entusiasmo, intentó ver lo que no se podía ver y, recién después, lanzó un suspiro y me dijo: “Rodrigo, vamos a comprar un microscopio, ¿sí?”.
Así que, ahora que lo pienso, después de todo, Francisco Porrúa fue mi primer editor. Así que, ahora me doy cuenta de ello, un buen editor –un verdadero editor– es aquella persona que nos regala un microscopio a todos. Y que nos enseña a apuntarlo a las estrellas. Paco: gracias por ese microscopio.

Tomado de Página/12

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