La nueva era del libro

31 May

El futuro de Marshall McLuhan no ha ocurrido. La red, sí; la inmersión global en la televisión, definitivamente; los medios de comunicación y los mensajes por todas partes, sin duda alguna. Sin embargo, la era electrónica no provocó la extinción del mundo impreso, como lo vaticinó McLuhan en 1962. Su visión de un nuevo universo mental, unido por la tecnología de la postimpresión, nos parece ahora anticuada. Si bien esa visión estimuló nuestra imaginación hace 30 años, no ofrece un mapa para el milenio al que estamos a punto de entrar. La “galaxia de Gutenberg” sigue existiendo y el “hombre tipográfico” todavía la sigue conociendo a través de la lectura.
Tomen el caso del libro. Tiene una gran capacidad de permanencia. Desde que se inventó el códice durante el tercer o cuarto siglo después de Cristo, ha demostrado ser una maravillosa máquina -estupenda para empacar información, conveniente para hojearla, cómoda para arrellanarse con ella, magnífica para el almacenamiento y notablemente resistente al deterioro-. No necesita sustituirse por una versión más avanzada ni bajarse del sistema, no necesita un acceso especial ni enchufarse a un circuito ni sacarse de las redes. Su diseño convierte al libro en un deleite para la vista. Su forma hace que sea placentero sostenerlo en la mano. Y su utilidad lo ha convertido en la herramienta básica de aprendizaje durante miles de años, incluso antes de que se fundara la biblioteca de Alejandría cuatro siglos antes de Cristo.
¿Por qué entonces seguimos oyendo profecías sobre la muerte del libro? Esto no se debe a que McLuhan tenía razón sino a que el carácter movible no es lo suficientemente rápido como para seguir el paso de los acontecimientos. El asunto de Monica Lewinsky fue un suceso generado por los medios de comunicación, que tuvo lugar principalmente en la Internet, primero a través de la “primicia” de Matt Drudge, que se convirtió en una noticia antes de llegar a los periódicos, y luego gracias a la publicación del Informe Starr en las páginas electrónicas del gobierno, las cuales registraron seis millones de entradas en un lapso de 24 horas.
En el vértigo subsecuente, los estadounidenses se enteraron de que se estaban elaborando todo tipo de libros electrónicos (e-books). La mayor parte de éstos contienen textos que se bajan de las librerías en línea y luego pueden proyectarse a una pantalla, una página a la vez. JSTOR, un proyecto desarrollado por la Fundación Andrew W. Mellon, ha hecho que grandes cantidades de publicaciones académicas estén disponibles en línea y las bibliotecas puedan comprarlas a precios bajos, pues algunas de ellas no podían pagar el precio de los originales. La biblioteca pública de Nueva York ofrece tanta información a nivel electrónico a lectores de todo el mundo que cada mes se registran diez millones de entradas en su sistema de cómputo, en comparación con los 50 mil libros que se prestan en la sala de lectura ubicada en la calle 42. Al parecer, todo está digitalizándose y cada dígito se está uniendo a todos los demás por medio de hipervínculos. Si el futuro nos depara periódicos sin noticias, revistas especializadas sin páginas y bibliotecas sin muros, ¿qué será del libro tradicional? ¿Acaso la edición electrónica lo borrará de la faz de la Tierra?
Hemos escuchado esta profecía, repetida desde 1945, cuando se diseñó el primer libro electrónico, una monstruosidad conocida como Memex. Actualmente, se ha declarado tantas veces la muerte del libro convencional que no debería sorprendernos descubrir que goza de excelente salud. Las ventas de algunos libros están aumentando mucho, debido en parte a la comercialización que Amazon.com y Barnesandnoble.com hacen en la Internet. Cuando se publicó como un libro de bolsillo, el Informe Starr se disparó al primer lugar de la lista de los éxitos editoriales, a pesar de que la gente que lo compró podía leerlo en la red, muchas veces sin tener que pagar un quinto. Ahora que tienen computadoras, los estadounidenses producen y consumen, como nunca antes, más papel con letras impresas. Incluso William Gates, el presidente y funcionario ejecutivo en jefe de Microsoft, confesó en un discurso reciente que, cuando se trata de leer mucho, prefiere el papel impreso a las pantallas de las computadoras:
“… La lectura en la pantalla sigue siendo muy inferior a la lectura en el papel. Incluso yo, que tengo pantallas carísimas y me considero como un pionero de este estilo de vida electrónico, cuando se trata de algo que tiene más de cuatro o cinco páginas, lo imprimo y me gusta guardarlo para llevarlo a todas partes y hacerle anotaciones. Y para la tecnología es un obstáculo bastante grande tratar de alcanzar ese nivel de utilidad.”
Gates dice que la tecnología tendrá que mejorar “de manera radical” antes de que “todas las cosas con las que actualmente trabajamos sobre el papel adquieran una forma digital”. En suma, el anticuado códice, impreso en hojas de papel dobladas y encuadernadas, no está a punto de desaparecer en medio del espacio cibernético.
Entonces, ¿por qué sigue existiendo la continua fascinación con la publicación electrónica? Esta parece haber pasado por tres etapas: una fase inicial de entusiasmo utópico, un periodo de desilusión y una nueva tendencia hacia el pragmatismo. Al principio pensamos que podíamos crear un espacio electrónico, arrojarlo todo en él y dejar que los lectores se las averiguaran solos. Luego descubrimos que nadie quería leer un libro en la pantalla de una computadora ni lidiar con montones de impresiones. Ahora nos enfrentamos a la posibilidad de complementar el libro tradicional con publicaciones electrónicas específicamente diseñadas para ciertos propósitos y ciertos públicos.
La mejor defensa que puede hacerse de los libros electrónicos se relaciona con la publicación académica, no en todos los campos, pero sí en grandes sectores de las humanidades y de las ciencias sociales en donde el costo de producción de las monografías convencionales, es decir, los tratados doctos sobre temas particulares, se ha vuelto prohibitivo. De hecho, la dificultad es tan grave que está transformando el mundo académico. Es el resultado de tres problemas que se han combinado de tal manera que han convertido la monografía en una especie en peligro de extinción.
Los editores comerciales han aumentado el precio de las publicaciones periódicas, sobre todo en las ciencias naturales, a tal nivel que han causado estragos en los presupuestos de las bibliotecas de investigación. Con el fin de mantener sus colecciones de publicaciones periódicas, las librerías han hecho recortes drásticos en las compras de monografías. Ante la caída de los pedidos de las bibliotecas, las imprentas universitarias prácticamente han dejado de publicar obras en los campos de menor demanda. Y los expertos de esos campos ya no pueden dar una salida adecuada a su investigación. La crisis se relaciona con el funcionamiento del mercado, no con el valor del campo del saber; y es mayor en aquellos que tienen la mayor necesidad de superarla -la siguiente generación de académicos cuya carrera depende de su capacidad para publicar su trabajo-.
Una mirada más cercana a cada aspecto de la crisis indica que ésta comenzó en la década de 1970, cuando los precios de las publicaciones periódicas empezaron a incrementarse mucho. Ahora han quedado fuera de control. Una suscripción a Brain Research cuesta 15 mil 203 dólares; el Journal of Comparative Neurology vale 13 mil 900 dólares; Nuclear Physics B, 11 mil 267 dólares. Cierto, las publicaciones de las asociaciones profesionales son menos caras que aquellas editadas por las casas editoriales comerciales. Muchos científicos comunican su investigación a nivel electrónico antes de que ésta aparezca impresa, y JSTOR promete un acceso cada vez más fácil a las publicaciones académicas del campo de las humanidades y de las ciencias sociales. Sin embargo, las publicaciones científicas siguen siendo un artículo de primera necesidad en el mundo académico y los científicos tienen suficiente influencia en el campus universitario como para impedir que se cancelen las suscripciones en sus campos. Cuando hay cancelaciones, las publicaciones aumentan aún más su precio, debido en parte a los costos de producción, los cuales también se han incrementado. En ocasiones, los bibliotecarios imaginan un círculo vicioso que se contrae hacia el centro hasta no ser más que un punto cerca de desaparecer -una publicación podría seguir existiendo si se le cobrara un precio astronómico a un solo suscriptor-. En la situación actual, las bibliotecas hacen frente a las presiones presupuestarias sacrificando las monografías por las publicaciones periódicas.
Hasta hace poco, las monografías solían representar al menos la mitad del presupuesto de adquisición de la mayor parte de las bibliotecas de investigación. Sin embargo, de 1996 a 1997, 78% del presupuesto de adquisiciones de la biblioteca de la Universidad de Illinois, en Chicago, se destinó a publicaciones periódicas; 21% a las monografías. La biblioteca de la Universidad de Syracuse gastó 75% en publicaciones y 17% en monografías. La biblioteca de la Universidad de Hawai gastó 84% en publicaciones y 12% en monografías. (La suma de las cifras no es 100%, dado que existen otras partidas de gastos.) Durante los últimos diez años la disminución en la compra de monografías en las grandes bibliotecas de investigación equivale a 23%. Si la transformación de los presupuestos de las bibliotecas continúa a este ritmo, podemos preguntarnos si el nuevo trabajo que se hace en el campo de las humanidades y de las ciencias sociales sobrevivirá bajo la forma de un libro.
El segundo aspecto de la crisis amenaza la vida académica en un punto particularmente vulnerable; los presupuestos de las imprentas universitarias. Según una regla empírica que existía entre los editores en la década de los 70, una imprenta universitaria podía tener la certeza de vender 800 ejemplares de una monografía a las bibliotecas. Hoy, esa cifra es de 400, con frecuencia es menor a eso y, en ninguno de los casos, basta para cubrir los costos. Los editores ya no pueden estar seguros de que venderán libros que, 20 años antes, les habrían parecido irresistibles a los bibliotecarios. Del volumen 1 de The papers of Benjamin Franklin, publicado en 1959, se vendieron ocho mil 407 ejemplares, la mayor parte de ellos a las bibliotecas. Del volumen 33, publicado en 1988, se han vendido 753 ejemplares.
Alarmada por la caída en la demanda, la Asociación de las Imprentas Universitarias de Estados Unidos (AAUP, por sus siglas en inglés), le encargó en 1990 a Herbert Bailey, director retirado de Princeton University Press, que llevara a cabo un estudio. A diferencia de lo que se esperaba, él descubrió que, de 1978 a 1988, el número de monografías producidas había aumentado 51%. Los editores habían respondido a la presión incrementando la producción (y también los precios), mientras que mantenían un nivel bajo en los costos (exigiéndoles más trabajo a sus empleados, provocando así una disminución notable en la calidad de la edición).
Sin embargo, para 1990 esta tendencia había comenzado a revertirse. Los editores académicos, más presionados que nunca, siguieron produciendo una gran cantidad de títulos pero cada vez menos de ellos eran académicos. Tendían a ser libros acerca de temas locales populares o libros sobre pájaros o recetas de cocina o deportes o libros de “la mitad de la lista” -esto es, las obras que los editores comerciales estaban descuidando para poder concentrarse en los libros que resultan atractivos para las masas-, los de ejercicio, los de consejos prácticos y el resto de la basura que hoy en día llena la mayor parte de las librerías.
Muchas imprentas trataron de buscar una salida del atolladero concentrándose en los temas que actualmente están de moda: libros sobre el género, el sexo, el feminismo, la homosexualidad, el lesbianismo, los estudios sobre las mujeres, sobre los estadounidenses de origen negro, el postcolonialismo y el postmodernismo de todo tipo. La sección principal del catálogo de primavera de Routledge, una imprenta comercial con tendencias académicas, incluye 258 libros nuevos en 27 campos diferentes. De ellos, 37 se relacionan con el género, la sexualidad y los estudios de mujeres; 39 pertenecen a un campo que Routledge identifica como estudios culturales y 26 son de historia. Claro está, la moda intelectual puede ser un estímulo más que un impedimento al aprendizaje. Pero los libros que versan sobre los temas en boga amenazan con eliminar aún más el saber convencional de las listas de los editores.
¿Está, así pues, la monografía en peligro de extinción? La pregunta se debatió en varias conferencias en 1997 y en 1998; y, como en el caso de muchas cuestiones académicas, no hubo una respuesta simple. Cualquier profesor puede mencionar un campo en donde sea sumamente difícil publicar libros doctos, mientras que otro puede mencionar las excepciones. Las monografías sobre África, Asia del sur y la América Latina colonial parecen ser las más afectadas. Pero un estudio de la brujería en Sudán o de una religión popular en el Perú del siglo XVIII podría “pegar” si es adoptada por los cursos de historia, antropología, religión y estudios latinoamericanos. La AAUP está llevando a cabo una nueva encuesta, más sistemática, con el fin de determinar con exactitud cuáles son los temas en donde la monografía corre mayor peligro. Los cálculos preliminares sugieren que el peligro existe en todas partes, aun cuando no pueda señalarse con precisión campo por campo.
¿Qué se puede decir acerca de la queja común de que tenemos demasiadas monografías -más y más sobre menos y menos, como reza el dicho-? Los críticos con frecuencia acusan a los profesores de que escriben sólo para los demás expertos y de que tratan de superarse en su profesionalismo en vez de tratar temas que sean de mayor interés. No hay duda que el monografismo puede ser una enfermedad. Parece estar matando ciertas disciplinas, como la crítica literaria en donde las modas y el lenguaje arcano han enajenado al lector culto común y corriente. Sin embargo, la mayor parte de los expertos han resistido las variedades más malignas de la enfermedad y algunos campos del saber son importantes pero inevitablemente esotéricos. La pregunta sigue siendo la siguiente: ¿puede un autor que tenga una monografía valiosa (algo sólido mas no seductor, el tipo de libro que floreció hace 20 años) esperar que sea publicada?
Si uno le hace esta pregunta a los expertos en las imprentas universitarias, recibirá una gran desilusión. Todos los editores tienen una colección de anécdotas sobre monografías magníficas que no se vendieron. Sanford Thatcher, de Penn State Universitiy Press, cuenta la historia de un libro sobre el Brasil del siglo XIX que ganó dos premios y del cual se vendieron menos de 500 ejemplares y de otro sobre el Islam en Asia central que recibió críticas elogiosas y cuatro premios pero que del cual sólo se vendieron 215 ejemplares en pasta dura (en la edición de libro de bolsillo, se vendieron tan sólo 691 ejemplares). Roy Rosenzweig, de la Universidad George Mason, dice que de uno de los mejores libros de una serie que él edita se vendieron 282 ejemplares. Mi propia historia de horror predilecta es acerca de una estupenda monografía sobre la revolución francesa. Ganó tres premios importantes y se vendieron 183 ejemplares en pasta dura y 549 en libro de bolsillo.
Claro está, algunos campos de estudio, tales como la guerra civil, siguen defendiéndose. No se puede desechar ningún campo, aunque las imprentas han abandonado algunos de ellos y el concepto mismo de campo parece estar fuera de moda en muchas disciplinas. El paisaje académico sigue siendo demasiado complejo como para dividirlo claramente en sectores; pero, si se toma como un todo y se le considera como un mercado, parece estar deprimido. Sin importar si lleguen a desaparecer ciertas imprentas universitarias, una conclusión parece estar clara: la monografía efectivamente está en peligro de extinción.
Este peligro se derrama sobre otro problema: las carreras de los jóvenes académicos. Cualquier profesor auxiliar sabe cuál es el imperativo categórico, publicar o perecer, lo cual se traduce en algo más inmediato: sin monografía, no hay puesto. Ya es bastante difícil para un egresado reciente del doctorado conseguir un trabajo, pero allí es cuando empiezan las mayores dificultades -trasladarse a un nuevo lugar, preparar cursos por primera vez, encontrar a una pareja o fundar una familia y, sobre todo, publicar un libro-. Supongamos, contra todas las probabilidades, que un profesor auxiliar logra transformar una tesis en una monografía de primera calidad en espacio de tres o cuatro años. ¿Acaso logrará publicarla? Es probable que no.
Mas no es imposible, como opinan algunos que dudan de la gravedad de la crisis. “Muéstrenme una buena tesis que no logró publicarse y a un talentoso profesor auxiliar que no logró conseguir un puesto de planta”, dicen los escépticos. Y los cínicos podrían añadir: “Hay demasiados profesores que sólo buscan hacer carrera en la vida académica y ya hay demasiados libros”. No podemos presentar los datos estadísticos a modo de respuesta, pero todos tenemos anécdotas que contar. Richard Bulliet, de Columbia, cita el ejemplo de un estudiante que ganó un premio por la mejor tesis doctoral del año y no logró publicarla, pues pertenecía a un campo afectado del saber: los estudios de Medio Oriente. Si uno entra a la oficina de cualquier editor en una imprenta universitaria, verá pilas de tesis, docenas de tesis. El editor le explicará con un suspiro que la imprenta sólo puede darse el lujo de publicar dos o tres disertaciones al año y agregará, con un suspiro aún más profundo, que la imprenta está presionada por los comités académicos que, antes de otorgar una cátedra, quieren ver un libro impreso, acompañado de las reseñas de los lectores.
Las imprentas se resisten a verse envueltas en el proceso de otorgar las cátedras y con justa razón pero, con frecuencia, esto sucede por las razones equivocadas, esto es, porque prestan más atención a las cifras de sus presupuestos que a la línea divisoria de las responsabilidades profesionales. Les guste o no, las imprentas universitarias funcionan como un embudo en el proceso del ascenso profesional; sin embargo, sólo pueden publicar unos cuantos manuscritos de todos los que reciben. Tal vez los autores del resto de esos manuscritos nunca puedan llegar a la siguiente etapa de sus carreras. En vez de eso, pueden hundirse en la población flotante de los adjuntos, los conferenciantes y los maestros de medio tiempo de todo tipo.
Algunos académicos independientes se regocijan con su independencia. Barbara Tuchman, cuya familia era adinerada, demostró que podía escribirse una magnífica obra histórica fuera de los protectores muros de las instituciones académicas. Sin embargo, la mayor parte de los expertos independientes o adjuntos tienen que hacer grandes esfuerzos por sobrevivir, aceptando trabajos temporales en donde quiera que puedan encontrarlos, en general a cambio de una paga inadecuada, prestaciones insuficientes y ningún reconocimiento. Tal vez estemos creando el equivalente intelectual de los Okies y los Arkies de los años de las grandes sequías -trabajadores académicos ambulantes con computadoras portátiles que viven en el asiento trasero de sus automóviles-.
Tomando en cuenta estos problemas que sobreponen entre sí, ¿la publicación electrónica puede ofrecer una solución? La primera fase del enamoramiento con los libros electrónicos, el periodo del entusiasmo utópico, es una advertencia contra las expectativas poco realistas. Los utópicos tienen una fe absoluta en la eficacia de la mano invisible que tanto aman los economistas. Dejen que los empresarios luchen en el mercado, dicen, y los buenos dispositivos de búsqueda, utilizados por los posibles lectores, eliminarán los documentos digitalizados de mala calidad.
Este argumento puede ser válido para ciertos tipos de bienes de consumo, tal vez incluso para el consumo de los libros comerciales. Las empresas como Amazon.com han logrado ofrecer al público muchos miles de títulos. Pero, para aquellos que se preocupan por el saber y por la vida intelectual en general, el argumento huele a micawberismo: no hagas nada y tal vez suceda algo. De hecho, el espacio cibernético, al igual que la economía, necesita reglamentarse. Los académicos deberían establecer las normas. Deberían mantener un control de calidad en el mundo académico y pueden hacerlo atacando la crisis que he descrito en dos puntos: el punto en donde los principiantes convierten las tesis en libros y el punto en donde los veteranos experimentan con nuevos tipos de saber.
Sin duda, podemos arrojar cantidades ilimitadas de tesis a la red. Existen varios programas que ofrecen este servicio -y es un servicio genuino, hace que la investigación esté disponible para los lectores-. No obstante, como regla, este tipo de publicación ofrece sobre todo información, no un saber plenamente desarrollado, al menos no en la mayor parte de las humanidades y de las ciencias sociales. Cualquiera que haya leído tesis “crudas” sabe a qué me refiero; salvo por algunas excepciones, no se les puede considerar como libros. Hay un mundo de diferencia entre ambos. Para convertirse en un libro, por lo regular una tesis necesita reorganizarse, depurarse aquí y ampliarse allá, adaptarse a las necesidades del lector lego y volver a escribirse de principio a fin, de preferencia con la ayuda de un editor experimentado.
Los editores con frecuencia se refieren a este nuevo trabajo como “valor agregado” y agregan sólo una parte del valor que entra en un libro. La revisión de los demás expertos, el diseño de las páginas, la composición, la impresión, la mercadotecnia, la publicidad -se requiere de una gran variedad de expertos para transformar una tesis en una monografía-. En vez de simplificar este proceso, la edición electrónica añadirá algunas complicaciones más, pero el resultado podría ser un gran aumento en el valor. Una tesis electrónica podría contener apéndices y bases de datos prácticamente ilimitados. Podría relacionarse con otras publicaciones de tal forma que les permitiera a los lectores encontrar nuevos caminos a través de material viejo. Y, una vez que se resolvieran los problemas técnicos, podría producirse y distribuirse de manera económica, ahorrando costos de producción para la casa editorial y espacio de anaquel para las bibliotecas.
Naturalmente, los problemas de dicha publicación electrónica son enormes. Los costos de arranque son elevados debido a que los editores necesitan diseñar dispositivos de búsqueda e hipervínculos y también capacitar o contratar a personal técnico. Los precios no serán bajos, al menos no hasta que la oferta y la demanda hayan aumentado a tal grado que las monografías electrónicas puedan comercializarse en la red a un precio accesible para los lectores individuales. Actualmente los editores dicen que esperan vender licencias de sitio a las bibliotecas, con lo cual éstas podrán ofrecer colecciones enteras de libros electrónicos a sus lectores. Usando un código especial, los lectores tendrán acceso a la obra deseada en una computadora, en la sala de la biblioteca o incluso en casa. Recorrerán el texto digitalizado para buscar todo aquello que les interese, imprimirán tanto texto como deseen, lo encuadernarán en una máquina conectada a la impresora y se lo llevarán para leerlo en la forma de un libro de bolsillo hecho a la medida. Ya existe la tecnología para llevar a cabo todas estas funciones. De hecho, las ediciones de bolsillo de algunos libros ya impresos pueden digitalizarse, imprimirse y encuadernarse por 150 dólares o menos. (Estos procesos de “hágalo usted mismo”, en caso de mejorar, sugieren cambios que tal vez algún día transformen muchas de las características de la actual industria del libro incluyendo la impresión, el almacenamiento y la distribución.) Pero, para publicar monografías originales y de alta calidad, una imprenta universitaria deberá ensamblar todas las partes de un sistema original y de alta calidad para la producción y la distribución.
Si todo logra conjuntarse de manera exitosa, ¿se reconocerán las monografías electrónicas como libros? ¿Adquirirán suficiente legitimidad intelectual como para ser aceptadas por los suspicaces comités catedráticos y disminuir la presión sobre las carreras académicas? Este es el punto en donde los académicos veteranos pueden hacer una gran diferencia. Aquellos que hayan mostrado su capacidad para producir libros convencionales de primera calidad podrían ayudar a crear un nuevo tipo de libros, más originales y ambiciosos que una tesis convertida.
En el caso de la historia, una disciplina en donde la crisis en la publicación académica es particularmente aguda, la atracción de un libro electrónico sería especialmente llamativa. Cualquier historiador que haya hecho investigación durante largos periodos conoce la frustración de su propia incapacidad por comunicar la impenetrabilidad de los archivos y la insondabilidad del pasado. Si sólo mi lector pudiera echar una ojeada dentro de esta caja, se dice a sí mismo, mirar todas las cartas que hay en ella, no sólo las líneas de la carta que estoy citando. Si tan sólo yo pudiera seguir ese rastro en mi texto tal y como lo seguí en los expedientes, cuando sentí la libertad de desviarme de mi tema principal. Si tan sólo pudiera mostrar cómo los temas se entrecruzan fuera de mi narrativa y se extienden más allá de los linderos de mi libro. Lo que sucede no es que los libros deban quedar exentos del imperativo de podar una narrativa hasta darle una forma grácil; pero, en vez de usar un argumento contundente para cerrar un caso, podrían abrir nuevas formas de interpretar las pruebas, nuevas posibilidades de tener acceso a la materia prima incrustada en la historia, una nueva conciencia de las complejidades que entran en la construcción del pasado.
No estoy defendiendo la mera acumulación de datos ni argumentando en favor de los enlaces con los bancos de datos -los llamados hipervínculos-. Estos pueden equivaler a poco más que una forma elaborada de hacer notas al pie de página. En vez de ensanchar el libro electrónico, creo que es posible estructurarlo en capas dispuestas como una pirámide. La capa superior podría ser un informe conciso del tema, tal vez podría estar disponible en un libro de bolsillo. La siguiente capa podría contener versiones ampliadas de distintos aspectos del argumento, no dispuestas de manera secuencial como en una narrativa, sino más bien en unidades autónomas que se alimentaran de la historia de la capa superior. La tercera capa podría estar compuesta de documentación, tal vez de distintos tipos, cada una acompañada de ensayos interpretativos. Una cuarta capa podría ser teórica o historiográfica, con selecciones del saber previo y discusiones sobre las mismas. Una quinta capa podría ser pedagógica y podría consistir de sugerencias para la discusión en el salón de clase y de un programa de estudios modelo. Y una sexta capa podría incluir la reseña de los lectores, los intercambios entre el autor y el editor y las cartas de los lectores, quienes podrían ofrecer un cuerpo creciente de comentarios conforme el libro se abriera paso entre los distintos grupos de lectores.
Un nuevo libro de este tipo provocaría una nueva forma de lectura. Algunos lectores podrían quedar satisfechos con el estudio de la narrativa superior. Otros podrían querer leer verticalmente, estudiando ciertos temas con mayor profundidad en los ensayos de apoyo y en la documentación. Otros más podrían navegar en direcciones no previstas, buscando conexiones que satisfagan sus propios intereses o reordenando el material de acuerdo con sus propias construcciones. En cada caso, los textos adecuados podrían imprimirse y encuadernarse de acuerdo con las especificaciones del lector. La pantalla de la computadora se usaría para sacar muestras y buscar información, mientras que la lectura concentrada y extensa podría darse por medio del libro impreso convencional o del texto bajado de la red.
Lejos de ser utópica, la monografía electrónica podría satisfacer las necesidades de la comunidad académica en los puntos en donde convergen sus problemas. Podría proporcionar una herramienta para husmear en los problemas y para abrir un nuevo espacio en la extensión del aprendizaje. La Fundación Andrew W. Mellon ha apoyado varios proyectos en esta dirección. Uno de ellos, un programa para convertir las tesis en monografías electrónicas, acaba de ser lanzado por la Asociación Histórica de Estados Unidos. El Consejo Estadounidense de Sociedades Cultas está desarrollando otro proyecto para producir libros electrónicos más ambiciosos. Ya están en marcha otros proyectos. El mundo del aprendizaje está cambiando tan rápido que nadie puede predecir cómo será dentro de diez años. Pero creo que permanecerá dentro de la galaxia de Gutenberg, aunque la galaxia se expandirá gracias a una nueva fuente de energía: el libro electrónico, el cual funcionará como un complemento, no como un sustituto, para la gran máquina de Gutenberg.

Robert Darnton

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